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Razón, educación y conciencia


Miro con desconfianza cualquier tipo de prohibición, no porque quiera experimentar lo vedado sino porque me gusta pensar en las causa y consecuencias de las leyes y normas que nos rigen.
Dentro de esa "moda" de lo políticamente correcto, se nos va la mano estableciendo el comportamiento modelo que deberíamos mantener. Hay leyes contra la violencia doméstica, el respeto a la mujer, la discriminación racial, religiosa y xenófoba, contra el porte de armas, ley de protección a los niños y adolescentes, ley contra el uso del alcohol y un sin fin de instrumentos legales para que nos comportemos mejor y llevemos esta fiesta en paz.
Digo que las miro con recelo porque me parece que en la medida que tenemos más leyes, evidenciamos nuestras graves fallas y carencias en nuestra educación, tanto la formal en escuelas y universidades, como la que recibimos de nuestros hogares y comunidades. La existencia de un gran número de leyes son evidencia del fracaso en la evolución moral y cívica del ser humano.
Por un lado queremos una vida pacífica y de sana convivencia, pero por otra parte hemos olvidado que si queremos resultados a largo plazo, debemos construir esta realidad en base a la formación sólida, pero, mucho más importante, en base a la razón. No es lo mismo que algo esté mal porque está prohibido, a que está prohibido porque está mal.

A chancletazos o a razonazos
A todos nos han prohibido cosas, desde salir a jugar con nuestros amigos de la infancia, comer un helado, hacernos un tatuaje, hasta darle una bofetada en público a un menor de edad y portar un arma en un cine. La diferencia en su utilidad para el desarrollo humano se basa en que distingamos la razón de la fuerza.
Las prohibiciones mencionadas siempre van acompañadas de una advertencia de uso de la fuerza que se traducen en chancletazos, confiscación de cónsolas de videojuegos, suspensión de mesadas, cárcel y multas desde tiempos inmemoriales. Seguimos manteniendo una deuda con la razón.
Las leyes no ayudan a formar buenos ciudadanos, ni buenos amigos, ni buenos amantes, ni buenos padres. Solo la razón permite la evolución de la conciencia humana. Sin ella solo somos sociopatas en pausa.
Lamentablemente hemos ido lento en el desarrollo de la sana convivencia en base a la razón y no al castigo. Valoramos la fuerza por encima del intelecto como ejemplo de poder y autoridad. No es casualidad que en nuestra sociedad exaltemos a los tipos con uniforme militar en detrimento de los civiles. Perezjimenistas, chavistas y cualquier tipo de autoritarismo se dan la mano porque en el fondo, la obediencia sin razón es la base de su cultura. No se cuestiona, no se discute. Solo se obedece. ¡Atención, firrrmm!
A los gobiernos, líderes, padres y formadores perezosos les sale más barato contratar a un abogado para que les redacte las prohibiciones que invertir tiempo y dinero en la educación y formación de los ciudadanos. Y les es mucho más cómodo para evitarse preguntas y rendición de cuentas. Redactar una ley que sanciona duramente a quien arroja basura en la playa o contra quien comete crímenes de odio racial o religioso es mucho más económico que educar a toda una población para enseñarles las consecuencias ecológicas, sociales e individuales de la contaminación y de la discriminación o el fanatismo. Eso puede tomar años de esfuerzo. Lo primero, apenas un par de horas y un jugoso cheque. Pero es una trampa. Apenas la prohibición y multa sean olvidadas, la basura y el odio volverán. No hubo educación, solo una débil contención a la indolencia y la violencia.
Puedes llamarme loco, pero es por esto que mi ideal, mi utopía civilizada, es una sociedad donde no existan leyes. No porque a todos se nos permita hacer lo que nos plazca, sino porque la formación y los valores de convivencia sean ta sólidos, que no haya necesidad de tenerlas. Existe el respeto, la cooperación y el equilibrio ecológico porque estamos conscientes de como esto nos afecta individual y colectivamente. Quiero que seamos lo suficientemente libres como para que, aún pudiendo hacer daño, no tengamos voluntad de hacerlo. Porque está mal, y sabemos el por qué. 
Así que la próxima vez que te pidan una explicación a una orden, venga de tus hijos o de tus colaboradores, tienes el enorme poder de sacar dentro de ti el pequeño Stalin o a un forjador de humanistas. Siempre será tu decisión y afortunadamente, aún no hay ley que te obligue a ello.

¿Cuál es tu precio?

rieles de tren entrecruzados

Todos tenemos un precio. Nos ofendemos solo porque no nos dicen la cotización correcta. Tal vez porque el canje es desproporcionado o la moneda es insuficiente.
Todo es negociable. Y es normal que esta idea te produzca rechazo porque de inmediato lo asocias con dinero. Pero no todo negocio se tranza en monedas. En ocasiones hemos entregado creencias a cambio de momentos de tranquilidad. Por orgullo nunca lo reconoceremos, pero ese fue nuestro precio.
Seguramente hayas conversado con alguien sobre cosas que no haría ni por todo el dinero del mundo. Pero si revisas tu historia, seguramente hayas terminado haciendo algo peor, cosas pequeñas acumuladas a lo largo del tiempo, o unas cuyo recuerdo te acompañará el resto de la vida. Y gratis.
Piensa por un momento en esas cosas que dijiste que nunca harías. ¿Golpear a un anciano por ejemplo? ¿Un asesinato? ¿Negar tu fe religiosa? ¿Tener sexo con alguien que no te agrada, ni te atrae, ni es acorde con tu orientación sexual? ¿Votar por el PSUV? ¿Ponerte una franela del Caracas?
No, nunca haríamos eso. Somos los buenos. Los bien portados. Pero ¿Y si el anciano intentó abusar de tu hijo sexualmente? ¿Y si el asesinato de un secuestrador significa la libertad de tu madre? ¿Que tal si por el simple hecho de negar tu fe, salvas a tu familia de una maldad de ISIS? Vamos, la franela del Caracas te brinda la oportunidad de pasar desapercibido contra los tipos que te andaban buscando en el estadio.
Ahora tal vez digas que esos casos son diferentes. Extremos. No, ese no es el punto. El punto es que estas circunstancias podrían ser tu punto de quiebre. El peso que te hace inclinarte y volver al inicio de este escrito. Ya no puedes decir que NUNCA harías algo así porque SIEMPRE habrá una situación hipotética que te haga recular y reconsiderar tu postura. Nuestras creencias y convicciones tienen un costo. Todos nos aferramos de distinta manera a ellas. No con todas, con algunas nos daremos el permiso de flaquear. O el gusto, dependiendo del caso. 
Busca dentro, muy adentro, sin cegarte cuál sería esa circunstancia donde tu piso moral y ético se derrumbaría. El sacrificio de la dignidad y el pudor ¿que precio tendría? ¿Dinero? ¿poder? ¿belleza? ¿fama? ¿hambre? ¿familia? ¿ego? ¿amor? ¿salvar la vida? Es divertidamente sórdido hacer estos experimentos de consciencia. 
Tu, al igual que yo has pasado algunas noches pensando en esto antes de dormir. Sígue hablándolo contigo porque quizás nadie entienda. O no logres conseguir las palabras para expresarlo. Mientras consigues a alguien con quien compartirlo, habla con tus demonios, conócelos, dómalos.  Así no te llevarán con los ojos vendados al limbo. Y tal vez aprendas  a comprender y perdonar a quién se dejó llevar por ellos.