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¿Respeto? ¿Tolerancia?


No toda opinión es respetable y no toda posición merece tolerancia. Sé que estamos en tiempos donde lo políticamente correcto, aunque sea absurdo, es la norma a seguir a la hora de fijar posición, lo que ha hecho que mucho material de opinión que solía publicarse, sea cada vez más raro de encontrar. De tanto buscar quedar bien con todos, no terminan por gustarle a nadie. Es el precio de ser tibio.
¿Por qué debería respetar toda opinión? No todas son aceptables ni respetables. Si alguien viene y me dice que en su opinión, las personas no deberían quejarse de que te discriminen por tu color de piel o religión, ¿debo agachar la cabeza y decir "respeto tu opinión pero no la comparto"? Pues no, ni lo respeto ni lo comparto. Así como tampoco puedo respetar a quien considere que saquear está bien o que no importa si robas un hospital de niños, siempre y cuando no se mueran tantos y nadie te vea. No quiero ser educado con opiniones que causen daño a la gente.
Tampoco se puede practicar la tolerancia absoluta. Yo puedo tolerar que unos santeros hagan sus rituales en su casa. Puedo tolerar la conducta sexual de mis compañeros de trabajo. Puedo tolerar que mis familiares tengan posiciones política distintas a las mías. Se puede tolerar pero no todo. No hay nada absoluto en estos temas y más cuando se pueden tocar los límites del respeto a la integridad ajena.
En la década pasada, los pedófilos y neonazis de Suecia intentaron acogerse en la Ley de la Libertad de Expresión para justificar la pornografía infantil y la violencia racial. Obviamente fue rechazado y sirvió para exponer a algunos de ellos. Por cosas del sistema judicial, el asunto derivó en que se condenase la práctica, la acción, y no la opinión. Es decir, se puede ser admirador de todas las ideas del Tercer Reich, pero sin que eso llegue a agresión física o verbal a un tercero. ¿Pero cómo puedo yo llegar a sentir respeto por estas personas? Simplemente no puedo, me dan nauseas, solo quiero verlos encerrados por el resto de sus vidas por traer tanto odio y maldad a este mundo. Sé que hay males peores. Sé que hay gente que hace cosas mucho peores. 
Pero vamos, eso de la tolerancia me sigue pareciendo una palabra muy bonita pero sumamente engañosa. ¿Qué hacer entonces con las posiciones que ponen en riesgo a la propia libertad de expresión, la vida, la salud y los derechos humanos en general? Aquí tendríamos que revisar casos de culturas como la de Arabia Saudita, donde cualquier ateo puede ser condenado a muerte y las mujeres pueden ser maltratadas, ocultadas y asesinadas libremente por sus maridos? ¿es correcto tolerar eso? ¿o solo podemos penalizarlo si ocurre dentro de nuestras fronteras occidentales? ¿lo respetamos y no lo compartimos para seguir siendo políticamente correctos? ¿debo respetar que se hagan estatuas a tiranos? ¿esos mismos tiranos tolerarán si me orino en ellas y les hago un decorado con spray como símbolo de protesta?
Como ves, aunque te suene duro, la tolerancia y el respeto no son absolutos. Puedes respetar y tolerar la mayoría de las opiniones y conductas ajenas pero no todas.  Llegaríamos a ser una sociedad sumisa y con grave dificultades de convivencia y respeto al bien común.

¿A qué llamas Revolución?


¿A qué llamas Revolución? 
¿A mantener un país enjaulado?
¿Que por "dignidad" mueran de hambre tus hermanos?
¿A decirnos soberanos estando presos?
¿A que manden los verdes con sobrepeso?
¿O a rebelarnos contra caudillos malvados?
¿O a querer la libertades para todo ser humano?
¿Va primero la pose que la verdad?
¿Sabes cuánto cuesta nuestra Libertad?
¿O defiendes tiranos mientras tomas tu café?
¿Es la Revolución un mísero cliché?

Rubén Villegas                                                                         

Sexo y amor inmigrante


Una de las cosas que más afectan al inmigrante es la soledad. Se piensa muy poco en eso antes de emprender el viaje, pero una vez en el país de destino, se comienza a asimilar que visitar a la familia o amigos no es tan fácil como tomar un taxi, un bus o el metro. Por puro instinto se busca con quien compartir nuestras inquietudes y experiencias, alguien que sienta auténtica empatía con nosotros y es algo que se nos es difícil lograr con los nacionales, por desconfianza mutua, o que simplemente sentimos que no van a entendernos.
En los asuntos amorosos está la diatriba de no saber si la relación amorosa que se deja en el país de origen, sobrevivirá a la distancia. En muchos casos no se sabe cuándo volverán a verse. No sabemos si hay acuerdos para satisfacer necesidades sexuales ¿y si la cosa se complica y nos comienza a gustar alguien más? Es complicado, cada pareja es un mundo distinto y no todas aguantan la ausencia de contacto. Lamentablemente no hay aplicación de mensajería que envíe calor, olor o fluidos corporales.
Somos seres sociales, necesitamos compañía, es nuestra naturaleza. Los ermitaños son muy pocos en el planeta por esa razón. ¿A quién buscamos como compañía cuando emigramos? Pues con quien conectemos empáticamente y los venezolanos somos muy selectivos en este aspecto. Por eso es que la mayoría buscamos enamorarnos, juntarnos o aparearnos con nuestros compatriotas. Sentimos que son los únicos que puede entendernos. Sí, yo se que tienes una amiga que se arrejuntó con un inglés, tu cuñada se casó con un gringo y un primo que se empató con una española, pero no es lo común, no sucede para la mayoría y lo sabes. Incluso me arriesgaría a decir que nuestra segunda tendencia a la hora de buscar pareja en el exterior serían colombian@s, con los cuales compartimos una herencia histórica y cultural, lo cual afianza mi punto.
En lo sexual, nos sentimos más cómodos con quienes comparten nuestros intereses, los que hayan vivido experiencias similares a la nuestra, que compartan nuestros miedos y prejuicios. La sexualidad europea es mucho más abierta que la venezolana y latinoamericana en general, por citar un caso, y a su vez somos un poco más abiertos que los panameños y dominicanos sobre este tema. En el Caribe tenemos abundantes tabúes sexuales que en otras latitudes fueron dejados atrás hace décadas. Y eso no está ni bien ni mal para ninguno. Somos así y punto, cada quien con sus creencias. De todos modos uno no es buen ni mal polvo para todo el mundo. A alguien le vas a encantar y hasta te va a aplaudir, mientras otros te recordarán con un bostezo. Todo depende de lo que busques y lo que le guste a cada quien y en eso, el catálogo es infinito.

Preguntas al futuro


¿Qué les diremos a nuestros hijos sobre estos tiempos? 
¿Qué les enseñarán en la escuela sobro lo que nos tocó vivir?
¿Sabrán por qué se le cambió el nombre a plazas, escuelas y calles?
¿Cómo me sentiré al contarles el por qué hay lugares que llevan el nombre de chamos menores de veinticinco años?
¿Qué nombre le darán a los días finales?
¿Habrá algún pacto o transición del que se manden a hacer monografías?
¿De cuántas cosas que ya ocurrieron y que desconocemos, nos enteraremos en cinco años?
¿Qué nombres tendrán las películas y documentales que se harán sobre estos días?
¿Habremos perdonado nuestros errores? 
¿Aprendimos a vivir sin señalar a los que luchan y viven de formas distintas a la nuestra o tendremos nuevas excusas para la división?
¿Cuánto durarán los juicios?
¿Se sabrá por qué algunos nunca fueron a los tribunales?
¿Qué fue lo que revivió la esperanza?
¿Quienes cantarán las canciones que hablarán de estos años?
¿Cuánto tiempo pasó para que la gente viera con respeto y admiración a policías?
¿Fue devuelto el dinero que se robaron?
¿Es cierto que hay grupos clandestinos de búsqueda de los culpables prófugos?
¿Se acabó el control de cambio?
¿Es delito que los militares ejerzan funciones de administración pública y sean dueños de empresas y comercios?
¿Es cierto que la bandera de Venezuela ahora es símbolo de rebeldía en el mundo para los inconformes?
¿Cuántos venezolanos regresaron?
¿Qué hicieron con el presupuesto que era para los militares?
¿Quién es ese del graffiti gigante con un casco, una franela en la cara y una piedra en la mano?
¿Volvimos a confiar en nuestros vecinos?
¿Ya dejamos de clasificar a nuestros amigos por sus creencias políticas?
¿Dónde está mi familia?
¿Vivimos en paz?
¿Aún puedo verlas y hablar con ellas?
¿Volvimos a sonreír en masa?
¿Estoy vivo para ver lo que tienes?
¿Sobrevivimos?

Adopta un civil



La historia de Venezuela, la que vimos en bachillerato en los últimos cien años (como mínimo), es una conjunción de hechos ligeramente relacionables entre sí, con grandes relatos épicos que emulas más a la Batalla de los Bastardos de GOT y personajes heroicos con trayectorias impólutas, intachables y que rozan la perfección moral, por supuesto acompañado de las botas, chatarreras y el inevitable sable marcial. Esto es, precisamente, lo que más me ha preocupado es en el infinito énfasis en el militarismo por encima de lo civil.
Recorro sitios emblemáticos, grandes proyectos de infraestructura, escuelas, liceos, universidades, que deberían tener nombres de grandes civiles como escritores, poetas, ingenieros, abogados, artistas, educadores y no, en una proporción de cinco a uno, todos llevan nombres de militares. Basta darse una vuelta por el Panteón Nacional para confirmar que el aporte civil ha sido anulado con propósitos calculados.
Pareciera que el aporte civil a la formación del país que conocemos ha sido relegado intencionalmente a un total segundo plano. Da la impresión que esos libros de historia que nos dieron en nuestra formación temprana fueron escritos en cuarteles y no en espacios académicos. Se les reconoce la necesidad de participar en eventos bélicos, pero luego ¿no pasó más nada? ¿Qué negociaciones hubo? ¿Cómo era la sociedad, la medicina, la educación, las costumbres sexuales de época independentista? Tengo demasiadas preguntas que hacer sobre el contexto social de todo el siglo XIX y XX cuyas respuestas apenas tienen pequeños destellos divulgativos. Incluso cuando se reconoce el aporte de mujeres, solo se habla de las que agarraron un fusil y no de las que tomaron los libros o las artes. ¡Es obsesivo!
Se me ocurre que esto no es casual, los militares tienen doscientos años de mandatos largos, todos marcados por periodos de represión y absoluto desprecio por la vida civil, donde se valora más la fuerza que la razón, donde se convence a la gente que la mano dura es la solución inmediata a los males sociales y no el transitar por el largo y difícil camino de formación ética y moral de los ciudadanos. Estamos en una idealización militarista tan enfermiza que nos inculcaron la creencia que ellos eran capaces de ser la solución en toda la gama de funciones de la administración pública y privada. Y se han equivocado una y mil veces, no solo en estos últimos 18 años, sino desde hace décadas. Mira a tu alrededor y tendrás mi evidencia.
Debemos adoptar nuestra historia civil, huérfana y subestimada. La libertad ciudadana comienza por el reconocernos como una fuerza autónoma y con múltiples facetas que no necesitan al arquetipo primitivo del hombre a caballo, de uniforme, pistola al cinto y con nula empatía por el resto de la humanidad. Adopta tu civil y difunde su obra. Quisiera ver muchas más obras que lleven nombres como el de Renny Ottolina, Cabrujas, Aquiles Nazoa, Omar Vizquel, Miguel Peña, Arturo Michelena, Jacinto Convit, Carlos Cruz Diez y todos esos héroes anónimos que fueron médicos de pueblos hundidos en la miseria, maestras de escuelas sin techo, las cocineras de la comunidad, parteras, abogados que le dieron fiado a todo el mundo, poetas y pintores. Porque este país no lo construyó Simón Bolívar (estoy harto de que todo se llame así) con unos amigos en la versión colonial de Los Vengadores o la Liga de la Justicia, sino millones de ciudadanos con el día a día, en muchos otros tiempos, en muchas otras circunstancias y sobre todo, con otros instrumentos más allá de los que escupen balas, sino de unos mucho más revolucionarios y peligrosos para los tiranos: Libros, pensamientos, pinturas y hechos cotidianos que hacen que nos cuestionemos todo.

Libertad, incómoda libertad


La libertad es el concepto más ambiguo, subjetivo y temido por los seres humanos. La anhelamos como quien idealiza al amor de su vida, pero que al conocerlo se traban las palabras, las ideas no fluyen, nos encorvamos, sentimos el mal aliento y no sabemos qué hacer, cómo presentarnos y terminamos enredados ante semejante poder.
La libertad te expone. Deja a la vista la lealtad y la fidelidad a los principios y valores. No hay demostración más pura que cuando alguien es libre de irse y aún así se queda de tu lado, sin condiciones ni obligaciones, solo por la mera voluntad. 
Cuando se internaliza la libertad, entiendes que la única que vale no es solo la tuya. Que así como quieres ser respetado en tus gustos y creencias, debes dejar a los demás expresar las suyas. En especial cuando no son de tu agrado. Soy una de las personas más agnósticas que te vayas a encontrar y aún así defiendo el hecho de que la gente vaya a sus iglesias, templos, cultos y lugares de rituales. Hasta creo que en ciertos momentos de la vida es bueno para la salud mental. Dejé de pedirle a la gente que hiciera o no hiciera ciertas cosas en mi funeral porque todos somos libres de pasar el duelo como mejor nos parezca. El que quiera tomarse unos tragos o rezarme un rosario o lo que sea que crea que lo amerite, que lo haga. Además no me enteraré, estaré muerto o divirtiéndome en otro plano. Quién sabe. Solo pido ser cremado y es por un asunto ecológico. Mis cenizas échenlas en una playa, la que sea me da igual, si se fijan, todo el planeta tiene un solo mar, en realidad.
Tenemos plena libertad para vivir y matar, todo está a nuestro alcance, sin embargo, decidimos hacerlo o no apegados a nuestras circunstancias. Nadie hace el mal todos los días porque lo presionaron. El bien y el mal, en los seres humanos, siempre será un asunto de elección. El poder de elegir, el poder que activa todos los componentes del razonamiento humano.
El respeto por la libertad ajena nos pone en aprietos morales y sociales constantemente. ¿Pero estamos preparados para aceptar las más excéntricas y chocantes creencias y costumbres? A mi me cuesta con algunas cosas, y mucho. Estoy claro en que es absurdo prohibir cierto tipos de canciones, ya hemos hablado de eso. Y honestamente me sentiría más cómodo si se minimizara al máximo ciertas posturas políticas o religiosas en beneficio de mi concepto de un mundo mejor. También me gustaría que mis amigos, pareja y familiares no actuasen de determinada forma o no dijeran ciertas cosas. Pero entonces ahí estaría sacando el tirano que llevamos latente. Ellos son así, puedo ayudarlos a mejorar y aceptar que ellos puedan ayudarme. El límite, por supuesto siempre será el daño que pudiéramos provocar al prójimo por nuestras acciones.  Pero eso solo suena factible en los libros de autoayuda. Cuando la gente no quiere, pues, no quiere. Y si aún así, los mantienes cerca o te alejas de ellos, también eres libre de tomar esa decisión (la mayoría de la veces, en otras hay que aguantarlos).
También puede producir temor ser libres. De adolescentes queríamos ser mayores para poder hacer cosas de adultos como salir de fiesta toda la noche cuando quisiéramos. Y de adultos queremos ser adolescentes para librarnos de responsabilidades. Es como es inmenso temor colectivo que se apoderó de los negros cuando se abolió la esclavitud. Ninguno sabía exactamente qué hacer o dónde vivir y fue un proceso traumático, pero necesario. A veces queremos que las decisiones más relevantes sobre nuestro destino las tomen otras personas, o dejarlo en "manos de Dios" porque nos abruma la enorme responsabilidad de la libertad de tomar decisiones. Se nos escapa de las manos y corremos a los brazos de un poder superior que nos ampare y nos libere de culpas. Terminamos amando nuestras cadenas y venerando el templo que representan nuestras jaulas.
La libertad a veces es un fastidio, sobre todo cuando no es la nuestra, pero es como el dedo chiquito del pie, ese que siempre te tropiezas contra las mesas y que muchos han pensado en amputar. Es indispensable para estar completos, para estar derechos, para mantener la línea en nuestro andar. Para que no se doble nuestro ser.