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6 preguntas incontestables para los inmigrantes

Panorámica de A Coruña. Foto: Rubén Villegas.

Todos tenemos amigos y familiares que nos preguntan constantemente cómo es este asunto de emigrar. Es normal, ya que muchos tendrán que hacerlo porque la situación venezolana seguirá cuesta abajo y sin frenos, con ninguna luz en el horizonte próximo. Otros tantos se quedarán y eso no es ni bueno ni malo. Es lo que hay.
Pero hay preguntas que no tienen una respuesta fija, lógica y que solo pueden responderse tomando en cuenta las experiencias y gustos muy particulares y objetivos.
No es que estemos negando la información o porque nos hayamos vuelto arrogantes. Es que sinceramente no sé qué decirles.

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¿Con cuánto se vive allá? Eso depende de cómo quieras vivir. Yo no tengo hijos, ni mascotas. Tal vez tú sí. Yo no tengo ni idea de cuanto cuesta el alimento de las mascotas ni el uniforme escolar. Y no lo sé porque no he tenido necesidad de averiguarlo.
Tal vez a ti te guste tomarte una cerveza todos los fines de semana. Tal vez quieras vivir en un apartamento y no en una habitación. Tal vez quieras comprar un automóvil. Tal vez no te guste viajar solo por el placer de tomar fotos y pillar únicamente los sitios donde no necesitas pagar entrada. 
No sé qué te gusta comer. No sé cuánto te gusta comer. No sé si estás dispuesto a modificar tu nutrición. No sé si te gusta cocinar. No sé si te gusta vivir en una ciudad grande. No sé de qué vas a vivir cuando estés aquí. No sé cuánto dinero traes y tampoco voy a preguntarlo.
Es una pregunta con demasiadas variables como para escribir un mensaje de texto explicándolo. SInceramente no sé qué decirte. Te puedo decir algunas cosas concretas que hago. Pero tampoco sé si estás dispuesto a vivir como yo.


¿Cómo es la gente? Pues a mi me parecen amables. Jamás he tenido un episodio de xenofobia ni nada parecido. Pero yo no sé cómo reaccionarás con ellos al escuchar su acento, sus palabras, expresiones, costumbres. Ni hablar de estándares de belleza física o vestimenta. No sé qué esperas de la gente.
Te puedo contar cómo son mis amistades acá. Pero ellos no representan a la totalidad de la población. Y no sé si te caerían bien.


¿Se vive bien? Volvemos a la primera pregunta. Yo siento que vivo bien. ¿Puede mejorar? Claro. Pero no sé qué aspiras de la vida para vivir bien a corto, mediano y largo plazo.
Hay gente que quiere emigrar para hacer dinero, por ejemplo. Yo les sugiero que vayan a Perú, Chile, México o EEUU. En España es una apuesta al largo plazo. A la vejez. Llegar a viejo y tomar el transporte público a las 2:00 am luego de estar en un bar con los amigos. Eso no necesariamente lo obtienes con dinero porque depende de los niveles de inseguridad y calidad de los servicios públicos. Solo tú puedes definir lo que es la calidad de vida según tus estándares.

¿Cuánto necesito para ir? Parecido al resto. Depende de cómo quieras vivir. Depende de cuánto tardes en conseguir trabajo. Depende de tu capacidad de ahorro. También de si tienes la nacionalidad y un permiso de trabajo o residencia.


¿Es fácil legalizarse? No lo sé. No conozco tu situación ni tus antecedentes. No sé si te vas a enamorar con un nacional. No sé si tienes antecedentes penales. No sé cómo está tu pasaporte. 

¿Es fácil conseguir trabajo? No tengo ni idea de lo que estás dispuesto a hacer para generar ingresos. Tal vez de todo. Tal vez nada. No sé qué tanta paciencia tienes. No conozco tu capacidad de aprendizaje en entornos nuevos. No sé si tienes habilidad para tejer redes sociales. No sé si te vas a intimidar aquí. No sé que tanta resistencia física y mental tienes. No sé si quieres estudiar una carrera, un oficio o hacer cursos. NO sé cuántos idiomas hablas. No sé...

Diáspora, refugiados o inmigrantes. La importancia de definir lo que somos.


Corren tiempos confusos, tal vez sea un lugar común porque la humanidad siempre ha sido errática para comprender sus realidades. En el caso de nosotros, los inmigrantes, se hace necesaria la definición de nuestra situación, partiendo de los motivos personales, familiares y sociales, como individuos y como masa, que nos llevaron a tomar la decisión de irnos de Venezuela para comprender la magnitud de nuestras circunstancias.

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Cabe destacar que muchas variables entran en juego y van más allá de un asunto de valentía para irse o quedarse, la más importante a la hora de documentar, denunciar y llamar la atención por las razones correctas sobre este hecho social histórico, sin precedentes en nuestra historia, es el llamar a cada caso por su nombre, según los motivos que hemos tenido para marcharnos.
Nos hacemos llamar Diáspora venezolana y yo también he cometido ese error. Aunque suena poético, ya no me parece correcto, por lo que agradezco a Sclga Caraballo (@SclgaCaraballo en Twitter) por haberme dado algunas luces sobre este tema y el artículo de la periodista Luz Mely Reyes @LuzMelyReyes en Caraota Digital, de donde tomé importantes referencia. Es importante tener claras estas definiciones, ya que, en muchos casos, queremos que nuestra situación sea reconocida de determinada manera, pero no coincide con los estatutos internacionales. Si llamamos las cosas por su nombre, podemos llamar la atención sobre lo que sucede, de una manera más efectiva. Es un asunto de comunicación e importa muchísimo.


Es necesario acotar que aunque la ACNUR (Oficina del Alto Comisionado de la Naciones Unidas para Refugiados) haya declarado el caso de los venezolanos como refugiados, esto no obliga a ningún estado a reconocernos como tales. Esto no es una aprobación automática de las solicitudes de asilo ni una orden para que los gobiernos flexibilicen sus políticas migratorias. Sin embargo, esto es un importante precedente donde, aunque no encajamos dentro de la definición migrantes  por la guerra, hay una situación económica y social caótica que nos ha llevado a irnos del país y pide que se nos reconozca. La ACNUR  establece diferencias para cada caso, y ha pedido en reiteradas ocasiones el uso correcto de ciertos términos. Veamos algunos:

Diáspora: Se refiere a grupos de personas, organizados o no, que emigran para mejorar sus condiciones de vida, ya sea por ofertas de trabajo, estudios, reagrupamiento familiar, entre otros. No se ven amenazados pero tiene una connotación de masa en movimiento. Así que no, no somos una diáspora. Muchos se fueron sin querer irse y no andan, precisamente, probando suerte.

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Migración forzosa: También tiene una connotación de movimiento de masas. Son grupos obligados a abandonar sus hogares ante situaciones que ponen en riesgo su seguridad, como un conflicto armado o crisis política y económica que repercute fuertemente en su bienestar personal, como en el caso de hambrunas o el cercenamiento de derechos sociales por parcialidades partidistas. En el caso venezolano, si bien no estamos en una guerra, según la definición internacional, muchos se vieron obligados a dejar el país ante la negación de oportunidades laborales por no simpatizar o militar en el partido de gobierno, imposibilidad de continuar tratamientos médicos, inseguridad por el hampa o persecuciones personales por parte de militares, policías y demás fuerzas represivas bajo control del chavismo. Por esto se ha hecho complicado, el reconocimiento de nuestras circunstancias, al no estar definida plenamente nuestra situación, según los conceptos establecidos en países con circunstancias sociales e históricas muy distintas a la nuestra. En mi percepción, esta es la definición más acorde a nosotros.


Migrante: Se refiere a la movilización voluntaria por motivos de trabajo, estudios, entre otros, que tiene como finalidad el mejoramiento de la calidad de vida. En este caso, la seguridad e integridad no están comprometidas ni amenazadas. Pueden volver a su país de origen en cualquier momento sin mayores trámites o permisos.

Inmigrante: Persona que llega a un país por motivos laborales, de estudio o familiares. Emigrante es el que se marcha. Todo depende de la perspectiva local.


Refugiado: Son quienes huyen de una zona de guerra o conflicto y ven sus vidas seriamente amenazadas. Se les hace imposible regresar a su país de origen sin que eso implique terminar muertos o presos. No gozan de ningún tipo de asistencia de sus gobiernos y por ellos se ven obligados a solicitar asilo. Algunas veces entran en otros territorios por medios no convencionales e ilegales según la legislación local. Sin embargo esto no puede ser tomado como justificación para negarles protección internacional.

Asilado: Es la persona a quien el estado receptor ya le ha otorgado protección internacional, cumplidos los protocolos de revisión de casos individuales.

Exiliado: Persona, que por motivos políticos, se ve forzado a abandonar su país de origen, al ver amenazada su libertad o su vida.


Destierro: Condena que emite un gobierno para expulsar del país a un ciudadano del mismo, principalmente por motivos políticos. El desterrado no puede regresar a su país sin permiso del gobierno y pierde sus derechos ante el estado.
Por lo general, el exilio y el destierro no aparecen en la legislación de los países, pero se ejecuta por medio de amenazas, presiones y persecuciones. En el caso venezolano, es común que el gobierno los califique de prófugos de la justicia.

Desplazado: El desplazado huye de un conflicto armado pero no cruza fronteras. Se desplaza dentro de su propio país. Como en el caso de colombianos desplazados hacia otras ciudades, por la guerra contra las FARC y el ELN durante muchos años.


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Expatriado: Es un migrante por motivos laborales. Como el caso de un jugador de fútbol o beisbol, contratado para jugar con un club en el extranjero.

Apátrida: Es una persona que no es reconocida por ningún estado como ciudadano, quedando impedidos de poder ejercer derecho alguno para regularizar su situación. Es un limbo migratorio donde hay más de 10 millones de personas. Muchas de ellas provenientes de estados desaparecidos, conflictos étnicos donde se expulsa a los derrotados, entre otros.

Deportación: Un deportado es un expulsado del país, principalmente por estar en situación de permanencia ilegal o ingreso irregular, por haber cometido un crimen o una falta de carácter político contra autoridades locales. 

El lenguaje nos define. Tenemos una larga lucha interna contra la neolengua chavista que nos anula, nos invisibiliza, minimiza y tergiversa los hechos que derivan de la crisis en Venezuela. Llamemos las cosas por su nombre, conociendo su verdadero significado, para que estos duros tiempos jamás sean olvidados y se registre su verdadera dimensión.

El aporte de los exiliados


Estoy en el exilio y asumo mis limitaciones. No voy a tumbar a nicolás desde aquí ni tengo fórmulas mágicas para salir del chavismo. Pero algo podemos hacer, unos en mayor medida que otros por la disponibilidad de recursos (dólares y euros) o porque se nos dan mejor unas actividades que otras. Te planteo algunas cosas muy importantes que podemos aportar si quieres mantenerte en la lucha, la resistencia o como quieras asumirlo.


Integrarse: Si queremos destacar en una sociedad, debemos ser parte visible de la misma. No podemos enconcharnos y armar un escudo anti cultural con discos de Guaco y Simón Díaz. Ve a las plazas, museos, apprende la historia y palabras del lugar. Es imposible que alguien entienda lo que quieres contar sobre tu vida o la situación de Venezuela si te empeñas en expresarte de tal manera que solo te entiendan en el Metro de Caracas o en una venta de pepitos en Maracaibo. Es intercambio cultural. Tu aprendes de tus nuevos vecinos y ellos estarán más abiertos a aprender de ti.

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Informar: Estoy harto de que lo primero que te diga un local, al saber que eres de Venezuela es ¡Oh chavez, maduro! Respira hondo, calma la indignación, siéntalo y explicale de mejor manera que sepas, ya sea con chistes, con drama, con datos numéricos, imágenes, videos, con lo que sea, lo que somos, nuestra historia. El por qué somos tantos emigrando. Pero con cosas reales, no con chismes y rumores que te pasan por Whatsapp o webs piratas de Facebook. No seas la tía histérica hiper informadora de pendejadas. Explica cómo funciona el sistema electoral y judicial, por qué maduro SÍ continúa el legado de chavez al pie de la letra y que toda la crisis fue planeada y ejecutada sistemáticamente, qué es la ANC, el por qué mueren niños en hospitales por enfermedades erradicadas hace 40 años, la farsa de los ataques de los gringos, la mafia militar que maneja la importación y distribución de alimentos, el por qué no se produce nada en el campo, los límites a la libertad de expresión, el chiste empresarial que es PDVSA y cualquier empresa nacionalizada en socialismo, el inútil internet, la violencia delincuencial y las muertes o presidio a cualquiera que proteste. Tienes mucho qué decir e informar con responsabilidad. Hablalo en reuniones, bares, universidades, el metro, el bus, en el supermercado. Pero infórmate bien antes de hablar. Van a debatirte coon el cuento de los medios de comunicación imperiales y debes estar preparado.


Cooperar: En Venezuela la están pasando peor de cuando saliste y no importa cuando leas esto. Mañana estará peor seguramente. Muchos no te lo dirán por orgullo o porque temen desestabilizarte, así que mándales algo, en la medida de tus posibilidades, sin necesidad de avisar. Dinero, medicinas, ropa, lo que sea. Hay empresas de envíos que logran pasar medicamentos y cualquier cosa legal que quieras.  Todo sirve. También hay campañas de Crowdfounding para fondos de cirugías y tratamientos médicos. Ayuda a la gente que llega, y yo sé que no se puede ayudar a todo el que emigra porque no todos son buenos. Ayuda a quien te de la gana, pero ayuda. Con información, datos, apoyo moral, algo le puede servir. ¿Por qué callarnos el saber dónde donan ropa para el invierno o dan atención médica gratuita? Vamos, eso nunca nos va a quitar nada, pero nos suma mucho en el alma estropeada por la desconfianza y la inseguridad que traemos de allá.


Dar el ejemplo: Pórtate bien, sé educado, colaborador, amable, con interés en superarte. Pero no para que subas una foto en redes sociales abrazando negritos, eso es patético a mi parecer. Sé un buen un ciudadano, respeta la ley. Sí, te parecen jodidos, pero es porque quieren mantener su sociedad en orden y no quieren un caos a la venezolana. Aprende sobre el bien común, porque si regresas, queremos que se aplique todo eso en Venezuela. Y será bonito, creeme.

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Unirse: ¡Qué cosa tan difícil! No existe en ningún país una organización fuerte que nos represente. Existen micro iniciativas que han hecho aportes importantes pero ninguna resaltante y que logre la cohesión al nivel que lograron en Venezuela con instituciones como la Hermandad Gallega, el club Madeirense y otros similares. Es que hasta para hacer las concentraciones en Puerta del Sol en Madrid se ven las divisiones y es chimbo. Habiendo tantos dirigentes, líderes, gerentes, gente carismática y de buena voluntad. Es una lástima. Sabemos que cada quien va a lo suyo por una cuestión de supervivencia pero ya va siendo hora de unirnos como colectivo. Mientras tanto únete a cualquiera de estas iniciativas que, al menos las que conozco en España, gozan de buena reputación y no tengo objeciones. Y no solo hablo de asociaciones sociales. Participa en las marchas y concentraciones, recogida de firmas, presionar para la apertura del registro electoral sin trabas absurdas para cuando lleguen condiciones respetables. No todo es ponerse la gorra tricolor, la foto y ya. Debemos hacernos sentir. Somos más de 4 millones. Y eso es bastante.


Educarse: No te pido que curses una licenciatura porque no todos pueden, deben o quieren pasar por la universidad, ese paradigma ya es anacrónico. Pero toma un curso, aprende un oficio, en muchos países hay alternativas gratuitas. allí conocerás personas, harás contactos, aprenderás sobre la cultura local. Y todo eso es crecimiento. Evolución. Que si regresas o te quedas, seas una mejor versión de ti.


Evolucionar: Que todo esto que aprendas te haga una mejor persona, más fuerte, más sabio, una referencia en tu entorno. Con una autoestima sólida, resiliente, que te sientas orgulloso de tu pasado y tu presente. El aprendizaje a veces implica llevarse coñazos que causan fracturas en la mente y el corazón, vas a tener pérdidas de parejas, amigos, familiares. Tal vez te den crisis de llanto en tu piso, una plaza o en la cola de migración. Pero a todo eso puedes sobrevivir. Venimos del infierno. Podemos con esto. Fuego.

Migración: Lo que ganamos y lo que perdemos

Puente en la frontera de Venezuela - Colombia. Foto de Cristian Garavito
Todo el que se ha montado en un avión, autobús o lancha para irse de Venezuela, experimenta sensaciones muy contradictorias, paradójicas y enfrentadas. Por un lado sentimos el alivio de alejarnos de una situación social colapsada y sin salida a la vista en el corto plazo, salvo alguna sorpresa que ni siquiera sospecho de dónde podría venir. Por el otro, dejamos personas, cosas, lugares que no sabemos, en la mayoría de los casos, cuándo los volvamos a ver. Venezuela gana y pierde con la migración masiva en muchos escenarios. Veamos algunos:

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Como país, Venezuela pierde: La mayoría de los emigrantes son graduados universitarios y con oficios. La gama es muy variada y va desde neurocirujanos y médicos de todas las especialidades, físicos, químicos, psicólogos, ingenieros, publicistas, plomeros, albañiles, electricistas, abogados, administradores, periodistas, emprendedores con negocios de cualquier cosas imaginables, en fin. Hay cientos de colegios y universidades sin la plantilla completa de profesores porque cada vez son más los que se van, a veces sin previo aviso, ya sea por un tema de seguridad o por no perder una oportunidad. Y seamos realistas, muchos de ellos no volverán si cae el chavismo mañana. Ya tienen su vida hecha en otras latitudes y el país no se va a recuperar en un par de años desde ese día.



Como país, Venezuela gana: Una generación completa que está preparada desde el punto de vista académico y vivencial para ayudar a formar una sociedad post chavista basada en la productividad y la educación. Muchos inmigrantes están estudiando desde cursos de manejo de montacargas hasta doctorados en matemáticas. Se necesitará de todos. Hasta de los niños que hoy están en algún equipo de fútbol en A Coruña, Madrid, Dusseldorf o Medellín y mañana pueden alimentar la vinotinto masculina y femenina. O de los que integran un equipo de debates o audiovisuales en Houston o Buenos Aires. Todos pueden sumar. Por supuesto tendrán que decidir entre el país que los vio nacer y el que les dio la oportunidad de una formación de calidad. Eso será cosa de cada quién.

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Como personas, perdemos: Momentos, una vida. ¡Cuántos amores se han separado con la certeza silenciosa de que no volverán a verse! ¡Cuántos no han podido ayudar como quisieran a sus seres queridos en la enfermedad! ¡A cuántos les ha fallecido su madre, padre, abuelo, hermanos, el gato, un sobrino, el perro que se te montaba en la cama por la mañana, sin la posibilidad de ir a su entierro o velorio por su situación migratoria, falta de dinero o ausencia de vuelos! Es cruel decirlo pero creo que deberíamos hacer acuerdos familiares sobre estos temas y al menos sepamos qué hacer, con un protocolo de acciones en caso de que sucedan estas terribles situaciones.

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Como personas, ganamos: Madurez, fortaleza y sapiencia para enfrentar situaciones como las mencionadas anteriormente. No se te forma una coraza que te impida sentir, llorar y padecer. Espero que no. Pero sí te da la experiencia para saber como manejarlas y poder seguir con nuestras vidas. Ya de por sí también exportamos esa increíble resiliencia, calma o sumisión (póngale el nombre que quiera) para aguantar la cara de culo de un trabajador del SAIME, SENIAT o banca pública o privada, entre otros, aparte del triunvirato hamponil que conforman los militares, policías y malandros comunes, cómodamente podemos superar la aspereza en el trato de un funcionario de migración de cualquier país. Pulimos algunas, descubrimos y desarrollamos otras habilidades personales. Por nuestro bien y por los que ahora están con nosotros.

Como sociedad y cultura, perdemos: Aún me debato en comparar entre lo bonito y lo cruel de la esperanza. No hablo del orden o la prosperidad porque nunca hemos sido prósperos ni ordenados. El caos está en nuestro ADN. Rendimos culto al militarismo y al caudillismo, y a las viudas de "la cuarta" (disculpen el neolenguaje chavista, ya sabemos que no estamos en la quinta ni en la sexta república) les digo que en esa época estábamos tan mal, tan jodidos, tan rotos, desde el punto de vista moral, social y político, que se eligió a chavez de presidente, luego de una enorme campaña en los grandes medios impresos y televisivos con empresarios de alta alcurnia de todas las industrias incluidos. Sí, todos, hasta los que luego cerraron. Pero vale, no habrá pase de facturas. Olvídense de eso.
Perdimos el norte, el rumbo, vivimos del día a día y con la ruleta agridulce del mensaje o la llamada que nos anuncia que un familiar o amigo se va del país. Venezuela está en depresión y se suicida en cada evento o actividad política y económica. Que los chistes y el "lacreo con el chalequeo" no te engañen.

Como sociedad y cultura, ganamos: Regresarán muchos con una nueva visión social basados en el bien común, luego de permanecer en países donde esto es un principio que se enseña en hogares y escuelas. Te hablo de algo más allá de respetar el semáforo, el rayado, pagar impuestos y no tirar basura en la calle. Te hablo de entender la importancia de tener a nuestra gente educada, despierta y crítica. Al separarnos de nuestro foco de angustia, podríamos ver las cosas en otra dimensión, sabiendo, por ejemplo, que no debemos apoyar ciertos liderazgos, porque la política es tan sucia como la moral de los ciudadanos que eligen a los políticos. Todo cambio, grande o pequeño comenzará por nosotros.

¿Comenzar de cero? Jamás


No existen los comienzos desde cero. A veces quisiéramos quemar las hojas donde están escritas los episodios de nuestras vidas. Pero es imposible emprender nuevos rumbos sin haber aprendido de ellas. La sabiduría no puede construirse sobre cenizas y olvidos.
Todos tenemos una cicatriz en la piel que no recordamos cómo nos la hicimos, seguramente tienes una como la mía en la quijada, seguramente producto de una caída cuando aprendíamos a caminar o a correr. Gracias a esa caída dolorosa, y seguramente escandalosa, aprendimos a coordinar nuestros pasos para no tropezarnos tan seguido.
Al emigrar nos llevamos en la maleta muchas ganas de tener una buena vida, pero también nos llevamos todos nuestros prejuicios y temores. Seguramente has sentido aversión a la presencia de algún policía o de una moto al pasar cerca de ti. Inmediatamente guardas el celular, sientes una sensación fría en la espalda o en el estómago. El miedo, la angustia. Luego reaccionas y caes en cuenta de que el policía no viene a acosarte, sino que hace su ronda de rutina y que la moto que pasó es de un repartidor de algún restaurante. Igual pasa cuando queremos solucionar cosas como las solucionábamos en Venezuela.

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En estos días un conocido me preguntó si conocía a alguien en Migración de España para pagarle y sacarse la nacionalidad más rápido. No quise polemizar y lo dejé en visto. Puede sonar a tonterías pero tienen mucho peso, sobre todo si quieres mejorar tu vida y cometes el error de querer convertir al país que llegas en el país que dejaste.
Lo mismo sucede con las relaciones de pareja. Si llevas el mensaje en la mente de que solo te buscan por sexo o no te valoran, no importa cuántas veces quieras engañarte queriendo empezar de cero, esa carga la llevarás siempre hasta que la asumas y la sueltes de una vez, no sin antes aprender de lo sucedido.
Las experiencias, por muy crueles que hayan sido, no pueden verse nunca como una cruz eterna. No son para flagelarnos, son parte de nuestro aprendizaje. Al verlas sin la carga del rencor podemos desmenuzarlas para comprenderlas y sacarles el mejor provecho posible. En la medida de que seamos valientes para ver nuestras cicatrices como letras que cuentan nuestra historia, seremos capaces de crecer, de evolucionar, de aprender siempre. Orgullosos de nuestro kilometraje. Nunca desde cero.

Imagen: La perseverancia de la memoria. Salvador Dalí. 

Migración: Viviendo y dejando vivir



El que se cansa pierde. Y el que no descansa, se obstina, se aburre, y al final, desiste. Miles de venezolanos se encuentran hoy en día en el exilio luego de haber participado en mayor y menor medida en acciones de protesta contra el chavismo en cualquier época. Otros, porque simplemente no soportaron tanta realidad y miseria socialista-militarista y decidieron irse, por supuesto, chavistas incluidos.

Los venezolanos somos muy sociales, somos muy expresivos y comunicativos. Todo queremos decirlo o publicarlo. No es casualidad que, a pesar de tener el peor servicio de Internet de América, somos masivos consumidores y productores de contenido en redes sociales. Y muy poco pudor hemos tenido para compartir lo que se nos ocurra, sea apropiado, grotesco o políticamente incorrecto.

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Es absolutamente normal que los emigrados y exiliados quieran estar pendientes de lo que sucede en el país. Uno se niega a perder el nexo, o como me dice una amiga, te vuelves adicto al estrés de las noticias sorprendentes que mueren en apenas unas horas. Los acontecimientos ocurren, o se divulga que supuestamente ocurrieron, de una manera pasmosa. Todos quieren aportar, hacer algo. Pero también tienen derecho a disfrutar de su nueva vida. Emigrar no es irse de paseo, y bien merece su recompensa. 

Estas consideraciones entran en juego a la hora de decir cómo nos está yendo afuera. He leído como gente se horroriza porque alguien en Madrid decidió ir a tomarse unas cañas con amigo, porque está pasándola bien en algún Starbucks de Australia o fue al teatro en Argentina. Eso no me molesta en lo más mínimo. Al contrario, me gusta mucho saber que tengo amigos y conocidos que lograron escapar del chavismo para vivir una vida “normal”, desprendiéndose de seres queridos, profesión y costumbres. Me gusta cuando publican sus cosas porque me da alivio saber que están bien. Y que hay personas que estimo que logran disfrutar del fruto de su trabajo. Eso no es ningún pecado. 
Como tampoco es pecado que los que se quedan en Venezuela publiquen y hablen acerca de momentos familiares como graduaciones, bautizos, o simplemente un fin de semana en la playa. Eso no los convierte en traidores ni en indolentes. Eso los hace seres humanos como cualquier otro. Hasta los judíos hicieron Bar Mitzvah y matrimonios mientras fueron perseguidos por los nazis. 
Todos debemos asumir nuestras decisiones y situación de vida. Como dije en otro artículo, algunos se fueron queriendo quedarse y otros se quedaron queriendo irse. Todos tenemos derecho a opinar, pero así como pedimos a los que están afuera que exijan a hacer cosas que ellos no harán (porque no quisieron en su momento o porque no pueden), no podemos exigirles a todos que vivan y se expresen solo como nosotros queramos. Eso está a un paso de hacer algo tan idiota como ir a insultar a alguien común y corriente a un restaurante porque no se fue a marchar, o un tuitero que decía que, al terminar esta oscuridad, habría que pedirles cuentas a los que decidieron irse. Eso va al salón de la fama de las estupideces que he leído por ahí. Me recuerdan a los sindicaleros de una empresa donde trabajé, que secuestraban los buses del transporte del último turno para exigir aumentos salariales, sin pensar que entre los afectados no había ningún directivo, solo gente cansada y enojada por no poder llegar a casa. Esa medida nunca tuvo apoyo, y terminó el día en que un sindicalero terminó con dos dientes menos producto de un derechazo. 
Todos suman, no solo a la lucha por ver a Venezuela libre, sino para ver un país sin odios, resentimientos, sin comportamiento “chavista”. Eso tomará mucho tiempo. ¿Por qué no empezar ahora?