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La renuncia al destino

Carriles del funicular a Tibidabo, Barcelona. España. Foto: Rubén Villegas


"Nadie existe con un propósito. Nadie pertenece a ningún lugar. Todos vamos a morir. Ven a ver T.V."

Morty


La frase que abre este escrito me dejó un buen rato pensando en medio de una crisis personal y laboral, mientras me terminaba la cerveza con que acompañaba el ver este episodio de Rick y Morty.
A primera vista, podríamos pensar que el no tener un propósito en el planeta, nos llena de vacío, tristeza y temor al no tener ninguna meta, ninguna motivación y ningún sentido para la vida.
Yo lo siento como algo liberador. He decidido que no tengo una misión en este planeta. Mi destino no está escrito ni diseñado por otra cosa que no sea el azar. Por mucho que pueda planificar mi jornada de mañana, nada puede evitar que simplemente el mañana no exista. Porque el futuro siempre es incierto.
No he perdido la fe. No siento un vacío existencial. Al contrario, siento que al quitarme el peso del deber ante algo tan impredecible y caprichoso como el universo, La Fuerza o Dios, puedo enfocarme en vivir según mi propio sistema de creencias de valores, que podría reducir a lo que una entrañable y querida amiga llama "el coleccionar momentos de felicidad".
¿Y por qué no buscar la felicidad plena?
Pues porque esta no existe. Es un ideal dentro de seres tan imperfectos, incomprendidos e insatisfechos que somos y siempre seremos.
Siempre habrá algo que nos falte, que nos afecte, que nos parezca injusto e indignante. Y eso rompe esa felicidad, sin que necesariamente nos convierta en seres amargados. Es simplemente lo que hay. 
¿La felicidad es lograr metas? Yo tengo metas, por supuesto, pero ¿qué hay luego de lograrlas? Otras metas. Unas las alcanzaré, otras no. Nunca las lograré todas. Entonces nunca habrá felicidad. 
Quiero abrazar mi realidad con todo lo que tengo y lo que no. Lo que soy y lo que quisiera ser. Amar la vida con todos sus problemas como se ama a la mujer de tu vida aunque forme líos por cosas que pasaron hace 10 años mientras ves la final de la Champions. Así como amas tu gato, el mismo que te deja cucarachas muertas en tu cama como tributo y te deja rasguños en el brazo. La vida no es mala ni buena. No es bonita ni fea. Es la vida. A secas.
Mi legado, como lo he dicho en anteriores oportunidades, no me preocupa. Un hijo no es un legado porque no sé lo que decida ser él o ella cuando crezca. Quizá sea un filántropo que resacte niños abandonados, o un traficante de órganos de esos mismos niños. Es el azar. Tampoco lo serán mis libros, o bienes. No tengo poder sobre lo que pasará con ellos. No se si son rentables. Yo no controlo el mercado.
¿La felicidad es el amor o la paz? ¿Qué puedo hacer si siento que no tengo suficiente amor o algo perturba mi paz?
Aceptar ese tipo de cosas es la paz. Aceptar que hay cosas que no podemos controlar. Aceptar que no todos van a amarnos. Aceptar que podemos ser el blanco del cariño o las frustraciones personales de un tercero sin que nunca sepamos el motivo.
Aunque quiera estar en este mundo para buscar momentos de alegría, seguramente cometa errores que me impidan alcanzarlos. Pues porque soy humano y el autosaboteo es parte de nuestra naturaleza.
Por lo pronto tengo claros cuáles son algunos. Hablar con mi madre, escribir, escuchar música emocionante, viajar, estar con personas que me llenan con momentos y conversaciones que quisiera que no terminen nunca. Eso es lo que busco hoy. No sé lo que buscaré mañana. Pero de eso me ocuparé luego. De todos modos, no importa lo que haga o deje de hacer, algún día moriré. Todos vamos a morir. Mientras más lo aceptemos, menos ansiedad por el futuro sentiré.
Es por esto que renuncio a mi destino. Renuncio a tener un propósito en este planeta.
Mientras tanto, publicaré este artículo mientras escucho Queen. Ya saludé a mi madre. Veré cuáles son los próximos lugares donde quiero tomar fotografías.
Y miraré la TV.

Héroes y villanos versus el equilibrio universal

Escena del Ragnarok. Ilustración medieval.
La humanidad ha llevado la definición del bien y el mal por los peores caminos. No hemos entendido que no somos binarios. Nuestro mundo no es blanco ni negro, sino una infinita variedad de grises.
Nada es completamente bueno o mal. Incluso el amor, la bondad y el altruismo llevan implícito un poco de ego. Hacemos bien para sentirnos bien. Damos amor para aliviarnos.  Mucha gente ha conseguido poder e influencia por medio de ayudas y apoyos a sus semejantes aunque no haya sido su intención consciente. Les ha llegado por consecuencia del bien que hacen, que rebota en bienestar para ellos. Y eso no es malo o tóxico necesariamente. Es solo nuestra naturaleza.

Artículo relacionado: La libertad: La única lucha.

Los vikingos crearon el Ragnarok, así como en la Biblia fue necesaria la existencia del Apocalipsis para advertirnos de la pugna entre el bien y el mal. Solo que no tenemos muy claro en qué bando estaremos. Lo que sí es seguro es que nos veremos como los buenos. Y te explico.
Hubo gente que quiso hacer el bien a su manera. Pero sus delirios y la nula empatía los llevaron a convertirse en tiranos. Stalin, Hitler, Fidel, Chavez, Franco. Todos querían ser salvadores, ser la cabeza de un proceso histórico. Y todo terminó con millones de personas sufriendo hambrunas, sin libertades o simplemente asesinados. Así como hay gente que son llamados buenos. La creación de la imprenta, la fabricación en serie, la informática y la robótica han sido grandes avances y le agradezco eternamente a sus precursores. Pero dejaron sin trabajo a miles de personas que no sabían hacer otra cosa que fajarse a mano limpia con todo. Pobres de sus familias. Mala leche.


Pero me llama la atención la necesidad del equilibrio en estas fuerzas. Es como si tuviéramos la necesidad de emparejar las tendencias sociales. Ante cada una de ellas siempre habrá una opuesta. Nadie quiere que nada sea absoluto. Quizás por eso terminamos odiando a los equipos, atletas o artistas con más fans. Odiar al Real Madrid, el Barcelona, Cristiano, Messi, los Yankees, el reguetón o Ricardo Arjona, es ya un deporte en sí mismo. Todos merecen nuestro rechazo y nuestras más profundas investigaciones para demostrar sus miserias y sus pies de barro. Y nuestro absoluto rechazo secreto o divulgado. 
Es terrible que todo lo que hagan sea viral o se traduzca en éxitos o dinero para sus arcas. Es necesario que exista otra fuerza opuesta y celebremos sus caídas. Por eso no son pocos los fanáticos de los Tiburones de La Guaira, el Betis o Newells. Nos encantan que los que menos chance tenían de ganar, lo hagan. La liga que ganó el Leicester hace un par de años no dejó indiferente a nadie. Era el triunfo de los David contra Goliat. El ascenso a la gloria de los desposeídos (aunque por detrás hayan inversiones millonarias y jeques árabes o chinos con mucho tiempo libre).


Pobrecitos Pepe Mujica, Lula, AMLO y Maduro que ganaron elecciones renunciando a sus salarios. Que héroes. Conmovedores. Son unos santos. Total, nadie mirará que un simple salario es nada cuando tienes el poder absoluto en tus manos. "Quienes no conocen la diferencia, no merecen mi respeto" dijo el caído Frank Underwwod.
Estamos observando el choque de tendencias dominantes contra las nacientes o resucitadas. La convulsión socialista que asaltó (y saqueó) a latinoamérica hace surgir a pensamientos radicales de derecha que ya van formando grupúsculos y movimientos. En Venezuela con el totem de Pérez JIménez como ícono. No nos detendremos ante la profusión de hechos inexistente o frases atribuidas. Así como las políticas de fronteras abiertas y tolerancia al Islam dan pie a la aparición de grupos nacionalistas y radicalismo cristiano con cada vez más espacios en Europa. El buenismo que olvida el estado del bienestar basado en las libertades, la seguridad y el desarrollo, no tardará en ser visto como un problema. Las actitudes blandengues y vacilantes de Obama en temas económicos y sociales, en momentos de desbalance en EEUU, trajo como consecuencia a Trump. Y la existencia de Trump, probablemente nos traiga movimientos abiertamente socialistas a la escena política norteamericana.


El lobby marxista cultural que se apropió de movimientos feministas y ecologistas, nos trajo a movimientos que ya etiquetan a dichos conceptos en líneas amenazantes a la estabilidad social. La desinformación y a radicalización en ambas orillas juega roles importantes. Como redes enormes buscando pescar en los bancos de peces enormes en los que se convierten las masas. Irracionales por naturaleza ante el amparo del anonimato. A la hora del zaperoco, nadie votó ni apoyó por los culpables.
La implantación de la mano blandengue que propicia el descontrol y el caos, originará a la mano dura que imponga el orden. La mano dura será la llamada a la mano rebelde. Todo héroe necesita un villano. Batman sería un inútil si el Guasón muere. River necesita a Boca para que la liga valga la pena. Nadie se imagina a un Caracas sin el Magallanes. ¿Necesitaríamos a Dios si no existiera el Diablo? Retador y campeón se necesitan para existir. Y así seguimos. Y seguiremos.

Justicia y venganza para todos.


"La venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena"
El chavo del 8. Obras completas.

La justicia, como sabemos busca equilibrar balanzas en favor del bien. En favor del orden, pero sobre todo, en favor de evitar acciones irracionales y desproporcionadas por parte de los involucrados. Es una forma de burocratizar el bien. De mantenernos cuerdos como colectivo y como individuos.
La venganza también busca equilibrar la balanza pero desde nuestros impulsos más primitivos.


Ambas están hermanadas por la presencia de compensaciones y castigos. Y dependiendo del contexto, país o cultura, la justicia puede parecer más una venganza. Hay culturas que aún conservan la pena de muerte, que da igual si es inyección letal, la horca o la silla eléctrica, el fin es el mismo. O la mutilación, el linchamiento, el embargo de bienes y el destierro. A muchos nos da un aire de satisfacción cuando sabemos que alguien que, según nuestros parámetros, hizo algo horrible, recibe una pena igual o mayor en horror. La justicia es una venganza pero con filtros.
Todos hemos sentido deseos de venganza al sentirnos heridos o agraviados. Queremos que el otro sufra tanto como nosotros o más. Es lo normal, no vengo a pontificar y decirte que no lo sientas, porque soy tan humano como tú.

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El asunto que me inquieta hoy es ver, desde qué punto, esa justicia que yo, particularmente, veo como una venganza filtrada por toda la corrección moral, nos falla y no nos llena. 
¿Qué quisieras que le pase al asesino de un familiar o de un ser querido? Qué quieres que suceda con alguien que violó y lastimó profundamente a un niño? Que debemos hacer con quienes destruyeron a todo un país, hundiendo a sus ciudadanos en la opresión y la miseria?


Les voy a contar un secreto, yo siento un aire de satisfacción cuando sé que mataron a un delincuente o a uno de esos policías y militares que azotaron mi ciudad y mi país. Nunca he sentido pena o lamento por ellos ante sus muertes por disparos, enfermedades o accidentes. También me hace sentir bien saber que chavez murió con mucho miedo, impotente e indefenso, a tal punto que ni siquiera sabemos cuáles fueron sus últimas palabras. Y no saldré a pedir perdón a Dios por eso. Me alegra saber que hay una plaga menos. Y también me encantaría que fuera posible la castración total de pedófilos. Yo siento ese deseo de venganza ante la certeza que la justicia de oficinas no pudo alcanzarlos.
¿Alguien se imagina a chavez, maduro o sus secuaces ante un tribunal? Yo no, no soy optimista con eso. Sé que muchos de los responsables directos de muertes y destrucción jamás pagarán por ello. Sé que duermen tranquilos sin ningún cargo de conciencia. La justicia de los tribunales nos fallará.


No, definitivamente no creo en la pena de muerte. No satisface mi sentido de justicia. Sería impartida por otro ser humano que pudiera ser corruptible, o cegado por sus prejuicios. No sería tan ingenuo como para proponerlo en Venezuela a sabiendas de lo podrido que está todo el sistema judicial. Ni creo en las matanzas ejecutadas por la policía porque sabemos que es solo un ajuste de cuentas entre mafias y con un gran saldo de inocentes perjudicados.
Hemos sido traicionados. Yo he sido traidor hacia personas que me amaban, tanto queriendo como sin querer. En mayor o menor grado. Y a mis principios más de una vez. Y no me mires así, que tú también. ¿Merecemos justicia, venganza o perdón? ¿Qué nos corresponde? ¿Qué debe hacerse con nuestras faltas? ¿Merecen los mismo que las ajenas aunque sean idénticas? ¿Qué buscan los héroes que admiramos en el cine y en los libros de historia? ¿Los Vengadores buscan justicia o venganza? Porque si buscan venganza, Batman debería ir tras ellos y pararlos.
Y luego de cumplida la acción, ¿qué nos quedará? Y en caso de que todo pase y nada suceda con los que faltaron ¿ habrá justicia divina? ¿Y si Dios es tan pana y tan amoroso que todo lo perdona? ¿Perdonaremos nosotros? ¿Negaremos el rencor que nos consume? ¿Aceptaremos la impunidad con resignación en nombre del bien, el orden y el raciocinio? ¿Perdonamos para librarnos de esa carga?
Y de ser así, ¿haríamos honor a la justicia?
¿Qué hacemos con este dilema?
Pues eso, yo tampoco lo sé aún.

Libertad, incómoda libertad


La libertad es el concepto más ambiguo, subjetivo y temido por los seres humanos. La anhelamos como quien idealiza al amor de su vida, pero que al conocerlo se traban las palabras, las ideas no fluyen, nos encorvamos, sentimos el mal aliento y no sabemos qué hacer, cómo presentarnos y terminamos enredados ante semejante poder.
La libertad te expone. Deja a la vista la lealtad y la fidelidad a los principios y valores. No hay demostración más pura que cuando alguien es libre de irse y aún así se queda de tu lado, sin condiciones ni obligaciones, solo por la mera voluntad. 
Cuando se internaliza la libertad, entiendes que la única que vale no es solo la tuya. Que así como quieres ser respetado en tus gustos y creencias, debes dejar a los demás expresar las suyas. En especial cuando no son de tu agrado. Soy una de las personas más agnósticas que te vayas a encontrar y aún así defiendo el hecho de que la gente vaya a sus iglesias, templos, cultos y lugares de rituales. Hasta creo que en ciertos momentos de la vida es bueno para la salud mental. Dejé de pedirle a la gente que hiciera o no hiciera ciertas cosas en mi funeral porque todos somos libres de pasar el duelo como mejor nos parezca. El que quiera tomarse unos tragos o rezarme un rosario o lo que sea que crea que lo amerite, que lo haga. Además no me enteraré, estaré muerto o divirtiéndome en otro plano. Quién sabe. Solo pido ser cremado y es por un asunto ecológico. Mis cenizas échenlas en una playa, la que sea me da igual, si se fijan, todo el planeta tiene un solo mar, en realidad.
Tenemos plena libertad para vivir y matar, todo está a nuestro alcance, sin embargo, decidimos hacerlo o no apegados a nuestras circunstancias. Nadie hace el mal todos los días porque lo presionaron. El bien y el mal, en los seres humanos, siempre será un asunto de elección. El poder de elegir, el poder que activa todos los componentes del razonamiento humano.
El respeto por la libertad ajena nos pone en aprietos morales y sociales constantemente. ¿Pero estamos preparados para aceptar las más excéntricas y chocantes creencias y costumbres? A mi me cuesta con algunas cosas, y mucho. Estoy claro en que es absurdo prohibir cierto tipos de canciones, ya hemos hablado de eso. Y honestamente me sentiría más cómodo si se minimizara al máximo ciertas posturas políticas o religiosas en beneficio de mi concepto de un mundo mejor. También me gustaría que mis amigos, pareja y familiares no actuasen de determinada forma o no dijeran ciertas cosas. Pero entonces ahí estaría sacando el tirano que llevamos latente. Ellos son así, puedo ayudarlos a mejorar y aceptar que ellos puedan ayudarme. El límite, por supuesto siempre será el daño que pudiéramos provocar al prójimo por nuestras acciones.  Pero eso solo suena factible en los libros de autoayuda. Cuando la gente no quiere, pues, no quiere. Y si aún así, los mantienes cerca o te alejas de ellos, también eres libre de tomar esa decisión (la mayoría de la veces, en otras hay que aguantarlos).
También puede producir temor ser libres. De adolescentes queríamos ser mayores para poder hacer cosas de adultos como salir de fiesta toda la noche cuando quisiéramos. Y de adultos queremos ser adolescentes para librarnos de responsabilidades. Es como es inmenso temor colectivo que se apoderó de los negros cuando se abolió la esclavitud. Ninguno sabía exactamente qué hacer o dónde vivir y fue un proceso traumático, pero necesario. A veces queremos que las decisiones más relevantes sobre nuestro destino las tomen otras personas, o dejarlo en "manos de Dios" porque nos abruma la enorme responsabilidad de la libertad de tomar decisiones. Se nos escapa de las manos y corremos a los brazos de un poder superior que nos ampare y nos libere de culpas. Terminamos amando nuestras cadenas y venerando el templo que representan nuestras jaulas.
La libertad a veces es un fastidio, sobre todo cuando no es la nuestra, pero es como el dedo chiquito del pie, ese que siempre te tropiezas contra las mesas y que muchos han pensado en amputar. Es indispensable para estar completos, para estar derechos, para mantener la línea en nuestro andar. Para que no se doble nuestro ser.

El poder de elegir



No tengo dudas que el más grande símbolo de libertad humana, es el poder de elección. Siento que las relaciones más fuertes que mantengo son aquellas que se formaron a partir de mis decisiones y no de mis circunstancias, obligaciones o lazos consanguíneos. Creo que lo peor que se le puede exigir a un niño es a querer a sus hermanos y demás familiares porque son sus hermanos, en lugar de afianzar lazos en base a la lealtad, y el respeto razonados. En ese momento, cuando triunfa la razón por encima de la obligación, estamos formando ciudadanos conscientes y no súbditos del poder y la fuerza.
La elección y no la obligación es lo que nos hace crecer como seres humanos basados en la conciencia, valores y coherencia, sea cual sea nuestro camino. Obviamente, nuestras elecciones están condicionadas y manipuladas por la ideología (que no sepas como se llama, no quiere decir que no tengas), la cultura (por muy rebelde que creas ser) y las relaciones sociales en general. Así es que tampoco es que disfrutemos de un libre albedrío en toda su extensión.
Los seres humanos no somos ecuaciones exactas, universales e infalibles. Las únicas normas que nos rigen son las del azar, la incertidumbre y el capricho individual. Nuestras decisiones son cambiantes y nuestros resultados son totalmente impredecibles. Podemos mantener nuestros principios durante un buen tiempo hasta que las circunstancias nos llevan a cambiarlos o negociarlos, no siempre por dinero, sino por algo que nos de satisfacción o nos alivie a culpa. No existen leyes psicológicas o sociológicas capaces de predecir o concatenar nuestros actos a lo largo de nuestra historia. La ilógica es la norma. Una persona puede decir que no es un delincuente gracias a los chancletazos que recibió de niño, y le creo, pero también sé de gente que fue golpeado de niños y se convirtieron en delincuentes, maltratadores y asesinos. También están los que nunca golpearon y hoy son ilustres sociópatas y otros no golpeados que son bastante pacíficos. 
Están los homosexuales que querían tener cuerpo de mujer, y al lograrlo, sus parejas son mujeres.  No importa si no lo entiendes, porque lo que importa es que esa persona está buscando su plenitud explorando los límites de su género, su identidad sexual y sus instintos. o hace a través de su decisión, la elección libre y no para complacer clichés. Y así puedo seguir dando ejemplos hasta completar una enciclopedia. El poder de elegir es el triunfo de la individualidad por encima del pensamiento único y alienante.
No existen leyes psicológicas o sociológicas capaces de predecir o concatenar nuestros actos a lo largo de nuestra historia. La ilógica es la norma. La incongruencia es nuestro credo.
Elige porque eres libre, no lógico. Fuck logic, la humanidad es así de hermosa.

Nuestra zona gris


Nos gusta creer que la mayoría de las cosas que nos gustan o que hacemos son buenas y aceptables. Aunque vivamos al borde de dilemas morales cambiantes en forma pero consecuentes en el fondo, siempre vamos a querer tener la razón y justificarnos. Puedes llamarle arrogancia, ego, miedo, falta de humildad, o como quieras, da igual.
Podemos condenar a quien alaba a un gobierno opuesto a nuestras aspiraciones, pero si es un artista que canta canciones que te gustan, entonces ¿es aceptable? Yo he ido a fiestas de gente ultra opositora, nivel Doña del Cafetal o del Trigal con el regueton de Calle 13 y el Potro Alvarez a full volumen y todo el mundo sandungueando en bonita hermandad. Pero no aplica igual para otros personajes menos célebres. Creo que la condena dependerá del nivel de la fama o del género musical.
Rechazamos a un político o una celebridad por hacer cosas contrarias a nuestra moral o conscientes de como contribuyen a la decadencia social. A muy pocos le importaría que su equipo de fútbol quede campeón aunque el dinero para financiarlo provenga del narcotráfico o del saqueo del tesoro nacional. O ¿qué importa que una vedette sea cómplice de un asesino y narco si está bien buena y sirve de imagen para vender zapatos o templarse el cuero?
Es muy sabroso comer ternera y pollo frito. Me encanta. Es aceptable la muerte de una vaca infante o una gallina adolescente. Pero miran feo y arman un show en Facebook si el banquete es con aletas de delfines, perros y gatos. Yo no como nada de eso, pero así se come en otra culturas con una moral distinta a la nuestra. Si vamos al final de esos razonamientos, comer plantas también está mal. Las plantas sienten, respiran, se mueven, pero como no pueden poner los ojos como el gato de Shrek, a nadie le importa que las metamos en agua hirviendo para despellejarlas.
Si yo mato a una cucaracha está bien, y si es voladora, merezco una condecoración, hijo ilustre de la ciudad. Pero si le pego un tiro a un gorila que potencialmente puede matar a mi bebé de un manotón, está mal y saldré en CNN como un engendro trumpista. Vamos, el gorila también me hubiera matado si estuviera en mi misma situación, es su instinto. La humanización de la conducta animal es una tontería. En estos casos la moral es un asunto de estética y apariencia física del animal. Si parece un peluche, no es asesinable
Golpear, maltratar, vejar y prohibir derechos fundamentales a una mujer está mal. Muy mal. Eso es motivo de marchas y miles de artículos hablando del asunto. Pero si el maltrato fue hecho por musulmanes a mujeres musulmanes, dentro de sus normas, entonces está bien porque esa es su cultura. La pobre pendeja que se joda, eso no es terreno del feminismo moderno.
El paternalismo de estado acaba con naciones. El control de cambio, regalar dinero  a quien no produce, aumentar la burocracia ¿solo está bien si lo hace el gobernante que me simpatiza?
¿Los crímenes ecológicos son protestables solo cuando los cometen trasnacionales y gobiernos de derecha pero silenciables cuando salen de gobiernos socialistas?
Aquella cosa llamada condena moral es inexistente o cuando mucho, se pasea por una zona muy cómoda y gris. Nada nos lo tomamos tan a pecho. Somos seres relativos, sin opiniones objetivas, maleables, miramos solo nuestro ombligo y nuestros intereses. ¿Y saben qué? Está bien. Yo también soy así. 

El gusto de ser juez

El Juicio de Susannah. Por Francois Boucher

Nos encanta etiquetar y juzgar. No necesariamente por sentirnos superiores a los demás, sino porque buscamos ponerle un nombre a todo, una definición, una palabra específica y tangible a todo lo que nos rodea. Te podría decir que está mal y hacer de este post una manera muy barata de ganarme unos cuantos Likes y retuits, pero esa no es mi intención. Y no es malo. No es algo que me haga sentir culpable pero tampoco es algo que me de derecho a mirar por encima del hombro a cualquier otra persona.
Tenemos una idea concreta de lo que es el mundo. Le damos un nombre a las cosas, hacemos definiciones de lo que entendemos y el que no. Por ejemplo: ¿Qué es el agua? Bien, buena respuesta. ¿qué es Dios? ¿cuál es el sentido de tu vida? Ah, ya la cosa se pone profunda, no somos filósofos o teólogos, pero igual hacemos el esfuerzo, nos imaginamos que Dios tiene unas manos gigantes, barba y cabello de vikingo, voz de Morgan Freeman, y que el sentido de la vida es ser felices, tener hijos, viajar, y todas esas cursilerías que has visto en tu facebook firmadas por el Joker de Heath Ledger (Bob Kane los perdone).
Juzgamos desde nuestra propia moral, eso es necesario para poder definir el bien del mal según nuestros criterio y experiencia y esto es válido para todo lo que observamos. Estamos hablando de cosas que van más allá de la chica de 23 que se empata con el tipo que es enchufado del gobierno porque le da dinero y los lujos que ella quiere vivir, o que potencialmente puede darle un pasaporte europeo. No hablamos de gustos musicales ni de forma de vestir, el ser gay, mujeriego, ateo, si le mandaste un nude a tu profesor (a) o si te gustan las caraotas con azúcar. Hablamos de juicios que son válidos para todo. ¿o es que acaso no juzgamos al violador que fue atrapado con una niña de seis años? ¿no juzgamos al que asesina por parecer el más guapo del barrio? ¿no dejamos de juzgar al político que derrocha millones de dólares en lujos y fiestas privadas? ¿es que acaso no vemos desde la óptica del bueno y el malo los acontecimientos de la historia de la humanidad? Lo hacemos siempre. Y está bien.
Igualmente debemos aceptar que seremos juzgados por lo que sea que hagamos. Nuestro origen, credo, estudios, antecedentes amorosos y sexuales, opiniones políticas, equipo de futbol, lo que sea. Con mayor o menor dureza pero pasaremos por eso. No está en nosotros exigir que no se haga. De lo único que tenemos control es que nos importe o no.
Tener una opinión, un punto de vista, fijar una posición, juzgar es un aviso de que nuestra mente se mantiene activa y crítica. No se trata de ir con antorchas a quemar herejes, es poner las cosas en nuestra balanza de valores y, en base a eso, determinar si es algo que nosotros haríamos si pudiéramos o si es algo que no podríamos hacer, al menos en circunstancias normales.
Obviamente desconocemos muchas circunstancias que llevan a los individuos o grupos a tomar ciertas decisiones pero eso no nos impide catalogarlas como macabras o heroicas, censurables o ejemplares. No puedes decirme que nadie te parece un perfecto imbécil, corrupto, buen padre, bonito, feo, o que merece estar encerrado de por vida en una cárcel y en algunos caso, que no debería existir gente así, NO, no puedes ser tan gris en la vida para quedar como una buena persona. SÍ, estás juzgando, eres humano, subjetivo, moralista y contradictorio. No solo Dios puede juzgarte, yo también, y tú a mí. Bienvenido al club.

Opiniones y boxers



Una opinión no es como un tatuaje. Más bien es como la ropa interior. Cambian según vas creciendo en tamaño e identidad con ellas. Puedes pasar con ellas desde que tienes uso de razón o más de la mitad de tu vida,  hasta el día de tu muerte. Otras dejas de usarlas porque ya no van contigo, porque tu estilo de vida cambió. Incluso el clima puede hacerte cambiar algunas.
En ocasiones, las opiniones pueden flexibilizarse, igual que la liga de un boxer, y ya no rigen tu día a día. Ya no son tu lema. Pasan al fondo de la gaveta donde están las demás prendas que sabes que no quieres botar porque algo en ellas aún te gusta. Tipo adeco en hibernación.
Hay puntos de vista sobre las personas que queremos que nos rodeen a los que nos aferramos por años. Siempre el mismo tipo de gente, los mismos grupos, los mismos encuentros. Un buen día podríamos comenzar a apartarnos de ellos para probar algo nuevo. Gente que vaya mejor con nuevos intereses y necesidades que ni siquiera nosotros habíamos admitido que teníamos. Como cuando se abandonan los incómodos interiores narizones que hacían poco para evitar el escape y riesgo de un testículo por la comodidad de algo más largo y de mayor agarre y ajuste a la anatomía masculina.
Existen opiniones que sacamos a relucir para lucirnos en ocasiones especiales, como cuando alguna chica se pone ese hilo o cachetero con encaje que la hace sentir Michelle Obama por fuera y Mia Khalifa por dentro, o un boxer que saca el James Bond interno. Esas opiniones las declamamos, tenemos años practicándolas en diálogos mentales.
Hay otras que se convierten en secretos placeres culposos y nos enorgullecemos de ellas, como que nos gusta la pizza con piña o una pantaleta manga larga, tipo paracaidas que le encantaba usar a una novia que tuve. Así como hay unas más extremas de cuero, con hendiduras y púas que van de la mano con el secreto apoyo a Donald Trump.
Nunca estará mal cambiarlas voluntariamente por causa de nuestras experiencias y necesidades, como cuando fidel castro se convirtió al comunismo para ganar el apoyo de Rusia o como cuando los de Metallica se cortaron el cabello, el hombre y sus circunstancias. 
Nuestras posiciones y nuestros puntos de vista, de ninguna manera, son una cárcel, ni unas cadenas o un estigma que llevamos en la frente. Son reflejo de lo que vemos, vivimos y sentimos. Y la experiencia siempre puede ser distinta. Y nadie puede juzgarte por ello. Raro sería alguien que nunca cambia de opinión o use la misma ropa interior toda la vida. 

Razón, educación y conciencia


Miro con desconfianza cualquier tipo de prohibición, no porque quiera experimentar lo vedado sino porque me gusta pensar en las causa y consecuencias de las leyes y normas que nos rigen.
Dentro de esa "moda" de lo políticamente correcto, se nos va la mano estableciendo el comportamiento modelo que deberíamos mantener. Hay leyes contra la violencia doméstica, el respeto a la mujer, la discriminación racial, religiosa y xenófoba, contra el porte de armas, ley de protección a los niños y adolescentes, ley contra el uso del alcohol y un sin fin de instrumentos legales para que nos comportemos mejor y llevemos esta fiesta en paz.
Digo que las miro con recelo porque me parece que en la medida que tenemos más leyes, evidenciamos nuestras graves fallas y carencias en nuestra educación, tanto la formal en escuelas y universidades, como la que recibimos de nuestros hogares y comunidades. La existencia de un gran número de leyes son evidencia del fracaso en la evolución moral y cívica del ser humano.
Por un lado queremos una vida pacífica y de sana convivencia, pero por otra parte hemos olvidado que si queremos resultados a largo plazo, debemos construir esta realidad en base a la formación sólida, pero, mucho más importante, en base a la razón. No es lo mismo que algo esté mal porque está prohibido, a que está prohibido porque está mal.

A chancletazos o a razonazos
A todos nos han prohibido cosas, desde salir a jugar con nuestros amigos de la infancia, comer un helado, hacernos un tatuaje, hasta darle una bofetada en público a un menor de edad y portar un arma en un cine. La diferencia en su utilidad para el desarrollo humano se basa en que distingamos la razón de la fuerza.
Las prohibiciones mencionadas siempre van acompañadas de una advertencia de uso de la fuerza que se traducen en chancletazos, confiscación de cónsolas de videojuegos, suspensión de mesadas, cárcel y multas desde tiempos inmemoriales. Seguimos manteniendo una deuda con la razón.
Las leyes no ayudan a formar buenos ciudadanos, ni buenos amigos, ni buenos amantes, ni buenos padres. Solo la razón permite la evolución de la conciencia humana. Sin ella solo somos sociopatas en pausa.
Lamentablemente hemos ido lento en el desarrollo de la sana convivencia en base a la razón y no al castigo. Valoramos la fuerza por encima del intelecto como ejemplo de poder y autoridad. No es casualidad que en nuestra sociedad exaltemos a los tipos con uniforme militar en detrimento de los civiles. Perezjimenistas, chavistas y cualquier tipo de autoritarismo se dan la mano porque en el fondo, la obediencia sin razón es la base de su cultura. No se cuestiona, no se discute. Solo se obedece. ¡Atención, firrrmm!
A los gobiernos, líderes, padres y formadores perezosos les sale más barato contratar a un abogado para que les redacte las prohibiciones que invertir tiempo y dinero en la educación y formación de los ciudadanos. Y les es mucho más cómodo para evitarse preguntas y rendición de cuentas. Redactar una ley que sanciona duramente a quien arroja basura en la playa o contra quien comete crímenes de odio racial o religioso es mucho más económico que educar a toda una población para enseñarles las consecuencias ecológicas, sociales e individuales de la contaminación y de la discriminación o el fanatismo. Eso puede tomar años de esfuerzo. Lo primero, apenas un par de horas y un jugoso cheque. Pero es una trampa. Apenas la prohibición y multa sean olvidadas, la basura y el odio volverán. No hubo educación, solo una débil contención a la indolencia y la violencia.
Puedes llamarme loco, pero es por esto que mi ideal, mi utopía civilizada, es una sociedad donde no existan leyes. No porque a todos se nos permita hacer lo que nos plazca, sino porque la formación y los valores de convivencia sean ta sólidos, que no haya necesidad de tenerlas. Existe el respeto, la cooperación y el equilibrio ecológico porque estamos conscientes de como esto nos afecta individual y colectivamente. Quiero que seamos lo suficientemente libres como para que, aún pudiendo hacer daño, no tengamos voluntad de hacerlo. Porque está mal, y sabemos el por qué. 
Así que la próxima vez que te pidan una explicación a una orden, venga de tus hijos o de tus colaboradores, tienes el enorme poder de sacar dentro de ti el pequeño Stalin o a un forjador de humanistas. Siempre será tu decisión y afortunadamente, aún no hay ley que te obligue a ello.

¿Cuál es tu precio?

rieles de tren entrecruzados

Todos tenemos un precio. Nos ofendemos solo porque no nos dicen la cotización correcta. Tal vez porque el canje es desproporcionado o la moneda es insuficiente.
Todo es negociable. Y es normal que esta idea te produzca rechazo porque de inmediato lo asocias con dinero. Pero no todo negocio se tranza en monedas. En ocasiones hemos entregado creencias a cambio de momentos de tranquilidad. Por orgullo nunca lo reconoceremos, pero ese fue nuestro precio.
Seguramente hayas conversado con alguien sobre cosas que no haría ni por todo el dinero del mundo. Pero si revisas tu historia, seguramente hayas terminado haciendo algo peor, cosas pequeñas acumuladas a lo largo del tiempo, o unas cuyo recuerdo te acompañará el resto de la vida. Y gratis.
Piensa por un momento en esas cosas que dijiste que nunca harías. ¿Golpear a un anciano por ejemplo? ¿Un asesinato? ¿Negar tu fe religiosa? ¿Tener sexo con alguien que no te agrada, ni te atrae, ni es acorde con tu orientación sexual? ¿Votar por el PSUV? ¿Ponerte una franela del Caracas?
No, nunca haríamos eso. Somos los buenos. Los bien portados. Pero ¿Y si el anciano intentó abusar de tu hijo sexualmente? ¿Y si el asesinato de un secuestrador significa la libertad de tu madre? ¿Que tal si por el simple hecho de negar tu fe, salvas a tu familia de una maldad de ISIS? Vamos, la franela del Caracas te brinda la oportunidad de pasar desapercibido contra los tipos que te andaban buscando en el estadio.
Ahora tal vez digas que esos casos son diferentes. Extremos. No, ese no es el punto. El punto es que estas circunstancias podrían ser tu punto de quiebre. El peso que te hace inclinarte y volver al inicio de este escrito. Ya no puedes decir que NUNCA harías algo así porque SIEMPRE habrá una situación hipotética que te haga recular y reconsiderar tu postura. Nuestras creencias y convicciones tienen un costo. Todos nos aferramos de distinta manera a ellas. No con todas, con algunas nos daremos el permiso de flaquear. O el gusto, dependiendo del caso. 
Busca dentro, muy adentro, sin cegarte cuál sería esa circunstancia donde tu piso moral y ético se derrumbaría. El sacrificio de la dignidad y el pudor ¿que precio tendría? ¿Dinero? ¿poder? ¿belleza? ¿fama? ¿hambre? ¿familia? ¿ego? ¿amor? ¿salvar la vida? Es divertidamente sórdido hacer estos experimentos de consciencia. 
Tu, al igual que yo has pasado algunas noches pensando en esto antes de dormir. Sígue hablándolo contigo porque quizás nadie entienda. O no logres conseguir las palabras para expresarlo. Mientras consigues a alguien con quien compartirlo, habla con tus demonios, conócelos, dómalos.  Así no te llevarán con los ojos vendados al limbo. Y tal vez aprendas  a comprender y perdonar a quién se dejó llevar por ellos.

Pecados necesarios


¿Cómo comenzaron ciertas prohibiciones sociales? ¿Quienes decidieron que ciertas palabras eran vulgaridades y otras no? ¿Cuál fue el criterio para decidirlo?
Se puede pecar por infinidad de cosas que nos parezcan absurdas. Pero siguen siendo pecado aunque no las entendamos.
Siendo adolescente falleció una tía (yo no sabía si de verdad era tía o prima de algún abuelo, pero todos le decíamos tía) y yo le tenía mucho cariño. Era una señora que a sus 85 años viajaba sola de Caracas a Valencia a visitarnos. Nunca se cansaba de eso. Lo hizo hasta casi el final de sus días. El punto es que su muerte me dio mucha tristeza y era primera vez que alguien a quien consideraba cercano, fallecía. Como todo adolescente no sabía manejar el asunto. Así que me dio por escuchar música. Mi música. Rock. Heavy Metal para ser más específico. Y alguien de mi familia fue a llamarme la atención por que eso y que era pecado escuchar música ante lo  sucedido. Nunca hubo manera de explicarle que esa era mi manera de pasar mi luto. Lo más irónico es que esa persona no le tenía aprecio alguno a mi tía. Y ya no tiene importancia. Pero eso me sirvió de referencia a los catorce años para darme cuenta que la moral es relativa.
Muchas veces nuestro concepto del pecado viene de la frustración que nos da el no poder volvernos locos y hacer lo que nuestros impulsos nos piden a gritos. Las generaciones anteriores ven mal a las actuales porque se sienten superadas. Porque la edad, las obligaciones, la rutina hacen que veas como escándalo lo que ya no puedes disfrutar. Mucha gente critica a una chica en microbikini o a un joven que dice lo que siente y piensa por YouTube porque están claros de que carecen de la gracia para ellos. Hay gente que se incomoda al ver gente tatuada porque no tienen el valor de expresar arte a través de sus cuerpos. Quienes ven la homosexualidad como una abominación guardan un profundo resentimiento por no poder expresar sus deseos, así que lo transforman en ira y rechazo al que si puede. Y así podemos seguir hablado de gustos musicales, literarios, costumbres de vida. Hay gente que no se atreve a cambiar su ideología política, religión o equipo de fútbol aunque estén conscientes de que son unas porquerías. Se siguen aferrando a sus creencias por orgullo, como si eso los hiciera especiales o puros. Aunque algo en ellos grite y patalee por botar esa camisa de los Tiburones de La Guaira, el rosario, la carrera que estudiaron y la foto de Carlos Andrés Pérez para abrazar nuevos rumbos ideológicos. No, cambiar de equipo es profano, no creer en el catolicismo es de herejes, quitarse el chip adeco-chavista es traición, dejar de ser lo que siempre has sido en toda la existencia, encerrado en cuatro paredes mentales, es malo. Todo lo que te hace libre y humano, es pecado. 
Pero nos gusta el pecado, necesitamos rechazarlo. Y también deleitarnos con el. La lujuria es pecado pero sin ella nos paralizamos. Nos volvemos grises. La ambición es mala en nuestra cultura tercermundista, pero no tendrías el impulso de mejorar tu calidad de vida sin algo que en el resto del hemisferio es una actitud obligatoria para el desarrollo individual y social.
El ser humano necesita pecar para poder conocer sus límites. Experimentar es pecado porque es descubrimiento. Es trastocar el mundo. La evolución es pecado porque no deja nada en pie. Y lo que queda igual se extingue. 

Yo sí. ¿Y?



¿Cómo puedes enfrentar a un demonio que no ves ni sabes donde está? Igual pasa cuando negamos nuestra naturaleza oscura. Esa que nos avergüenza y negamos para encajar en lo políticamente correcto. En ese momento nos convertimos en caretas sin alma ni esencia. No somos ni ángeles redentores ni demonios apocalípticos. Somos ambos y a la vez, ninguno de los dos. Somos humanos. Y nada más.
De entrada te digo que no soy ejemplo para nadie, mi vida no es virtuosa. Tengo defectos mentales asqueantes. Vicios a los que no quiero renunciar. Bebo, fumo, me ha atraído la pareja de un amigo. He tenido sexo sin tener el más mínimo interés por los sentimientos o emociones de la otra persona. He sido infiel. Varias veces. Una vez le metí mano y me acosté con la hermana de una novia. Y nunca me he arrepentido. Me gustó. También me han montado cachos y no las culpo. Quizás yo habría hecho lo mismo en sus lugares. He robado. Mi hurto favorito era un chocolate en un supermercado. Una vez lo hice por hambre. Logré hacerlo en un par de países. Me he hecho el loco en los transportes públicos para no darle el puesto a alguien que tal vez lo necesitaba más que yo. He hecho insultos homofóbicos y puesto en duda la reputación de la señora madre de deportistas y árbitros. Siempre desde lejos, escondido entre la muchedumbre, en una tribuna. Ni de vaina de cerca. Voté por chavez en el 98. Y si se lo perdonaste a Miguel Henrique Otero y al Conde del Guácharo, debes perdonármelo a mi. También fui comunista, ateo y encapuchado en la universidad por allá lejos en el 97, cuando si siquiera me salía barba. Ahora soy de derecha. Me he coleado en el comedor de la universidad. Le he mirado el trasero y los senos a alguna estudiante siendo profesor de forma lasciva y babosa. Me he alegrado por la muerte de personas a quienes considero desgracias para el mundo. Maleantes y varios políticos. No creo en la justicia divina. Y para desgracia de este planeta, muchos se fueron felices y sin pagar. Detesto dar limosnas. 
A veces, entre bromas, he dicho que ojalá no hubiera nacido en Venezuela. Me copié en un examen de química en el liceo. He dejado en visto a gente solo para dármelas de importante. He pedido nudes por casi todas las plataformas de mensajería. He odiado a familiares. En serio, odio. Y les he gritado e insultado. Y me he sentido bien y aliviado al hacerlo. He dejado de ayudar a personas por simple flojera. He llorado en la calle hasta dejar de sentir mis piernas. Le tengo fobia a los militares, policías y cualquier personal  de autoridad uniformado. No me gusta hablar con sacerdotes. La primera razón que tuve para dejar de ir a misa, es que me aburría y me aburren todavía. Como verás, soy como tú. Solo que en ocasiones me da por llamar las cosas por ¿su nombre? No. No soy yo quien le pone nombre a las cosas. Solo que, con la edad, voy perdiendo ciertas inhibiciones. ¿Sabes qué? Está bien equivocarte, ser parcial, tener una opinión visceral propia, gritar, decir un chiste malo, enojar a unas cuantas personas. Ser. Vivir. Es imposible fluir y ser auténtico sin molestar a nadie. Quizás por eso soy cada vez menos idóneo para la diplomacia. Lo políticamente correcto me va pareciendo cada vez más falso e hipócrita. Artificial y vacío.  
Quiero ver más verdades, más emociones reales. Crudas y brutales como una película de Tarantino. Que nos salpiquen los desahogos, las confesiones como los trozos de cerebros que saltaban en Bastardos sin gloria. Ahora quiero que la verdad sea parte del show.




Deja que fluya

 

La vida es como el agua. Ella misma debe seguir su curso, hacerla fluir. Porque cuando deja de fluir se estanca. Y el agua, al igual que la vida, cuando se estanca comienza a apestar.
En la vida todo debe fluir con naturalidad, sin que eso implique dejarnos llevar como si fuéramos una bolsa plástica rehén de la marea. Recorremos el camino atentos al paisaje, a los baches, a los carros, bicicletas y motos que van en nuestra vía o ya van de regreso. 
Pero hay cosas que no podemos controlar completamente. Deben llevar su propio ritmo, porque sino suena a esos mensajes que prácticamente obligan a los empleados a escribir en navidad para aparentar que la empresa u organismo público son una familia feliz. Y al final terminan tristes y prostituidos todos.
Porque la lealtad debe fluir. Y ganarse.
Porque el respeto fluye. Y se merece.
Porque la amistad fluye. Y es recíproca.
Porque la pasión fluye. Y es satisfecha.
Porque el amor fluye. Y es correspondido.
Todos corriendo su propio cauce. Naciendo, aprendiendo, evolucionando. Porque lo que no evoluciona, se atrofia. Y luego estorba. Se vuelve inútil y prescindible. Como el apéndice.
En estos días una amiga me comentaba que su grupo de amigos con quienes iba de rumba, al estadio, su gente de la universidad, ya no la hacía sentir cómoda. Y le dije que no. Que el asunto era que ellos seguían siendo los mismos. Menos ella. Ella había cambiado, evolucionado. Se había graduado, trabajaba, tenía un proyecto de negocios propio, estaba ahorrando para irse del país. Si tu entorno no cambia contigo, en algunos caso comienza a quedarte pequeño. En otros casos simplemente, ya no encajan. Entonces la cosa debe fluir y ella buscar a otras personas con quienes compartir su visión de vida.
Nos cuesta mucho a veces desprendernos de ideas, personas y trabajos que nos encasillan aunque ya no nos hagan felices. Nadie nació para una sola cosa ni para satisfacer solo a un grupo de personas, salvo principalmente, a ella misma.  Ni un trabajo, ni un estado civil, ni una carrera universitaria pueden definirnos. Porque somos más grandes, amplios, complejos y diversos que todas los adjetivos que nos puedan poner.
Solo debemos quedarnos con lo que podamos disfrutar, de lo que podamos aprender. Para que combinen con nuestra vida aunque nos vean como unos locos. Unos rebeldes. Así quiero que sea mi vida.
Para que siempre fluya. 
Para que no se estanque.
Para que no apeste.

Originales en la igualdad


Ser diferentes es un anhelo que nos persigue de forma consciente desde nuestra adolescencia. Ya no nos agrada que nos vistan parecidos ni combinados con nuestros hermanos. Y si somos morochos o gemelos la necesidad de identidad propia se intensifica para pesar de las madres cursis. Vamos, no es gracioso hacérselo a nadie.
Nos esforzamos a través de la ropa, tatuajes, el lenguaje y las actitudes en general dejar nuestro sello. Paradójicamente suceden cosas como que si te gusta el rock, te vistes de negro ta y como hacen las otras mil millones de personas que también les gusta el rock. Pasas a ser un cliché que pasa a ser de otro nivel cuando también te gusta lo gótico y las películas de terror. Las estrellas de rock se dieron cuenta de todo esto, ellos si saben algo de originalidad y si se fijan, ya no se visten de negro.
Más o menos pasa lo mismo con los políticos venezolanos. En el afán de agradarle a todo el mundo, paulatinamente, unos más rápido que otros, comienzan a ser una caricatura de lo que debe ser un político. La camisa Columbia o imitación donde solo le cambian el color ha marcado la pauta desde el 2012 en todos los bandos que se disputan el poder. Todos tan uniformados como las niñas rebeldes disfrazadas de Harley Queen en Halloween. Así como los inevitables sancochos, bebederas de cerveza, el evitar a toda costa hablar de que hacer con el control de cambio, la gigantesca y absurda cantidad de empleados públicos, el libre mercado, las misiones y una muy necesaria reforma constitucional, que hacer con PDVSA, entre muchos temas altamente escabrosos y comprometedores sobre el qué pasará el día después de mañana.
También todos nos prometen leyes como fórmula mágica para guiar a una sociedad maltrecha y sin rumbo. Por supuesto, siempre les saldrá más barato pagarle a un par de abogados para redactarlas que invertir dinero en la educación de los ciudadanos. Por eso sigo creyendo que mi modelo de sociedad universal utópica no tiene leyes. No son necesarias. Y no las necesitamos porque nos guían valores fuertes donde la premisa es el bien común sin joder la individualidad del otro. Y para eso no necesitamos policías ni militares. De hecho en esta espiral de crecimiento humano, el prescindir de estos últimos permitiría mayor inversión en educación, salud y desarrollo tecnológico.
Quiero ver a la gente exponiendo su talento sin miedo, a los que dirigen los países siendo seres humanos y no autómatas prefabricados funcionando para la satisfacción de un grupo, que los creyentes y religiones aprendan que todas son compatibles. quiero que lleguemos a Marte, que podamos publicar lo que sea y que nuestra única censura sea el juicio de las personas que deciden si nos leen y nos prestan atención o no. Porque confiamos en eso. Porque confiamos en los nuestros.
Eso sí que sería original. 

Preguntas incómodas, respuestas de requeme

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Las mejores respuestas aparecen muchas veces cuando cambiamos el enfoque de la pregunta. Como cuando perdemos el celular y dejamos de preguntarnos donde lo dejamos sino por donde caminamos. 
Un buen día dejamos de querer saber el por qué nuestros padres y demás familiares no siguieron juntos y cambiamos el enfoque. Ya no los vemos como papá y mamá, sino como dos seres humanos como tú y comienzas a tratar de explicar sus peleas. ¿Cuáles eran sus reproches mutuos? ¿qué los atrajo? ¿qué les parecía dolorosamente insoportable del otro? Y entonces pasa... Comienzas a comprenderlos, naturalmente tomando partido por uno de ellos aunque lo niegues. Conoces su historia antes de ti, sus preocupaciones, sus deseos, Luego entiendes, perdonas, aceptas. Y terminas haciendo eso mismo con todas las personas que pasan por nuestras vidas. Sin tener que conservarlos en tu vida, al menos comprendes las razones que los llevaron a buscarte o a traicionarte. A amarte o decepcionarte. Ves con alguna claridad el por qué permanecieron a tu lado o se marcharon. Y así el rencor se va. O al menos a mi me ha funcionado.
Pero también debemos hacernos las preguntas que nadie más se hace para encontrar a respuesta que necesitamos. Todas las historias son incompletas. Siempre faltan piezas. Elementos esenciales para ver el panorama completo. Porque la historia, la ciencia, el conocimiento, la sabiduría solo son posibles cuando sabes que las certezas son endebles y que el universo siempre puede sorprendernos con nuevas incógnitas y descubrimientos. La evolución es hija de la curiosidad.
¿Por qué hay gente que siempre es amable? ¿Por qué hay personas que son totalmente condescendientes en todas sus conversaciones sin importar lo polémico del tema, siendo capaces de cambiar su punto de vista solo para complacer al siguiente con quien hablen? ¿por qué tales o cuales personas riñen por todo pero al mismo tiempo siempre se quedan sin nada? ¿que motiva a los políticos que tras años de figurar en cargos aún no tienen nada? ¿si media FIFA está presa por corrupción y sobornos, los triunfadores y perdedores en futbol fueron acordados en oficinas? ¿qué se acuerda en las reuniones de la MUD y el chavismo? ¿por qué Leopoldo López se entregó? ¿que es lo que frena a Capriles en los momentos cumbres? ¿quiénes financiaron a chavez en sus inicios? ¿cuánto ganan los deportistas profesionales de Venezuela? ¿quién es el hijo preferido de mi mamá? ¿cuántos próceres de la independencia eran homosexuales? ¿cuantas mujeres de mi familia se han sentido atraídas por otras mujeres? ¿Cuántos presidentes han tenido que negociar con extraterrestres? ¿que tipo de porno le gusta a los obispos de aquí? ¿cómo hacen el público de países autoritarios para aguantar horas de discurso en primera fila sin ganas de orinar? ¿qué parafilia tendrá el Papa? ¿habrá olvido y perdón luego de todo esto en Venezuela?
No me disculpo por el requeme. Anda, ve y que tus propias preguntas te entretengan en un largo viaje en autobús o asalten tu sueño esta noche.